Malas noticias

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Somos pobres y estamos rodeados de pesimismo estadístico por todas partes. Los últimos datos arrojan nueva oscuridad sobre el panorama de nuestras expectativas como país. Hay parados e indigentes casi en cualquier familia, en los comedores sociales la gente almuerza de pie para dejar sitio a las nuevas hornadas de hambrientos y seis de cada diez noticias son preocupantes boletines sobre la inseguridad ciudadana en la que vive una población a la que incluso le produce desconfianza que no ocurran cosas peores. Todo el mundo habla de apretarse el cinturón y de darle otra vuelta de tuerca a las privaciones. Hay corrupción por todas partes y no es seguro que dispongamos de pararrayos bastantes para soportar la tormenta social que se nos avecina. Es como si Cristo se hubiese vuelto budista. En el barrio hay más negocios cerrados que nunca. Muchas familias han corrido a la residencia para recuperar al abuelo con el objeto de salir adelante gracias al humilde monto de su pensión, como cuando en la guerra se pone a flote el acorazado pasado de moda. Nos hemos dado cuenta del  inestimable valor de la vejez como factor de redención. Los ancianos no dan mucho calor en casa porque están deshidratados, pero aportan dinero y salen baratos porque comen poco y el menú que consumen está hecho casi siempre a base de cosas que ni siquiera dan olor al vomitarlas. Ya no somos un país divertido, como se dijo siempre que éramos. Ni divertido, ni ilusionado. Somos en cambio un país inesperadamente sensato, pero con una sensatez amarga y decepcionada que nos viene del escarmiento más que de la reflexión. Cambiaron tanto las cosas desde las últimas risas, maldita sea, que resulta que el avergonzado mendigo de la esquina se parece horrores al tipo que hace un año dirigía la sucursal del banco.

José Luis Alvite/larazon.es

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