Mourinho y la soprano

Hay muchas maneras de tener razón y algunas de ellas se basan incluso en la sensatez. Puede ocurrir también que en cualquier debate una persona se salga con la suya porque se le dé la razón sin necesidad siquiera de tenerla. Es obvio que la fuerza bruta es muy útil como respaldo incontestable en cualquier argumentación, como  lo demostraba Al Capone cuando para no andarse con rodeos oratorios empuñaba el bate de béisbol y le reventaba la cabeza al disidente de turno. El mafioso no era razonable, pero nadie discute que resultase convincente. Lo razonable resulta menos interesante que lo conveniente, sobre todo si se trata de salvar la piel. Es obvio que en esas circunstancias a veces lo sensato es renunciar a la razón, habida cuenta de que abogar por la supervivencia es más rentable que defender el orgullo. La historia de la humanidad está llena de episodios en los que incluso el deshonor resultó ser un hallazgo encomiable, como ocurrió en la II Guerra Mundial con aquellos soldados italianos que gracias a luchar en primera línea descubrieron que a medida que se va perdiendo la batalla, el heroísmo de seguir luchando es menos interesante que la cobardía de soltar las armas y pasarse al enemigo.
La suya no era una actitud razonable, pero resultaba sensata. A pesar de ser odiados, quienes detentan el poder suelen ser tan respetados como quienes poseen el dinero. ¿Será por eso que José Mourinho habla con la arrogancia de alguien que se cree en poder de la razón porque confunde la inteligencia con el dinero? Sus declaraciones son un compendio de estupideces y sin embargo tiene miles de admiradores. No tendría que sorprenderme. Al fin y al cabo, en los mejores teatros de ópera siempre hay quien aplaude el pedo de la soprano.

José Luis Alvite/larazon.es

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