Panza de burro

Veo que la mayor compensación en diferentes momentos de la vida (de la semana, podríamos decir para no llevar las cosas demasiado lejos) es reunirse con los amigos.

No siempre he tenido en cuenta este recreo que tampoco, por mi culpa y mi contradictorio deseo, he disfrutado mucho. Ahora, sin embargo, mientras la familia se aleja en el tiempo, en la muerte,  en sus conflictos particulares, los amigos brindan la ocasión de poner en contacto lo semejante que por repetido parece imperecedero.

Esta buena experiencia de la amistad, positivamente obvia si no se piensa, extraordinaria si se piensa, es como una sustancia que inesperadamente nos asiste como una medicina general al pasar los años y tener, en consecuencia, vez menos vidas por delante.

Los amigos envejecen a la vez y a la vez han atravesado por dudas y regresiones que les facilitan identificarse con sus semejantes. O, dicho mejor: los amigos son cercanos, son prójimos por la fatal y progresiva igualación de las biografías.

Acaso las trayectorias en lo profesional o en pasajes muy concretos sean diferentes pero son en esencia similares en cuanto cuerpo y alma de cada cual han debido traspasar el escenario común del mundo, sus ilusiones y sus traiciones. Un surtido bien conocido como para  caer en la cuenta que, en síntesis, no era “esto” para tanto.

Que cierta vez se gozaran momentos de gran felicidad o se padecieran desgracias  no deshace la conclusión de que, al cabo, cuando el tiempo pasa por encima (por encima del conjunto, nosotros incluidos) el balance no dé  como para “tirar cohetes”.

Formar parte de los seres vivos es en sí un hecho excepcional pero vivir esa vivencia deja mucho que desear. Las cosas discurren, efectivamente, como en los fuegos artificiales. Hay un alborozo al nacer, una consternación al enfermar gravemente, una sacudida en el enamoramiento, varios jolgorios cuando el trabajo sale bien. No cabe duda de que se trata de  “vivencias” positivas reales pero se hallan tan cercas de las otras vivencias “negativas” que al final, indefectiblemente, el cuadro se emborrona.

El cuadro de colores que pudiera pregonar la gran aventura de vivir termina en la masa de una confusión cromática que, en la pintura, se llama “panza de burro”.

El color “panza de burro” viene a ser el aciago resultado de mezclar muchos colores sin juicio. La suma deriva en una fangoso gris que no sólo desagrada a la vista sino a la estética entera. Mezcla fracasada del lenguaje del color para decir algo mudo. Voz pantanosa que evoca al absurdo, al  tedio al triunfo final del sinsentido.

Lo leí en: http://www.elboomeran.com/blog/11/vicente-verdu/

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