Peinados con orina

En 1969 me senté a solas en un cine para ver «Cowboy de medianoche» y me marcaron tanto las imágenes y la historia, que mi vida no volvió a ser la misma desde entonces. El trabajo de John Schlesinger ganó el Oscar a la mejor película y la canción afianzó el prestigio del cantante Harry Nilsson. El joven Jon Voight hizo un gran papel y el extraordinario Dustin Hoffman inmortalizó al tipo marginal y enfermizo que me hizo volver con renovado interés los ojos hacia el submundo de los miserables. Me di cuenta de que por todas partes había tipo marginales como Rico «Ratso» Rizzo, hombres afligidos por el fracaso y desposeídos de esperanza, a menudo tipos desdichados y enfermos que incluso en invierno parecían sudados, con el pelo grasiento y los ojos inflamados; muchachos lacios, empapados y viscosos, como si recién levantados de un lecho de heces se hubiesen peinado con orina. Poco tiempo después de ver aquella película empecé a trabajar en un periódico y aproveché para convertir la tentación por lo marginal en un oficio en el que creo haberme redimido como ser humano gracias a haber confundido intensamente mi vida con la de aquellos tipos. Intimé con ellos y compartí sin remordimientos y sin asco mi dinero y sus chavalas, procurando en todo momento resistirme a contraer también sus vicios. A su lado me di cuenta de que mi moral era más flexible de lo que había imaginado, y mi aparato digestivo, más resistente. No me fue difícil aceptar que tenían razón cuantos en aquel ambiente infernal me dijeron que sólo son verdaderamente malas las ideas que no nos permiten la tentación de cambiarlas y las comidas que mejoran de aspecto al vomitarlas. Fue a su lado como aprendí que hay momentos en los que un hombre puede tener un orgasmo y llorar al mismo tiempo.

José Luis Alvite/elpais.es

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