El pensamiento y la lana

El pensamiento y la lana

Salvo en el caso de las festivaleras asonadas tropicales, parece que la experiencia histórica demuestra que un pueblo con frío es incluso más revolucionario que un pueblo con ideas. Estos días tan inclementes, con nieve incluso en las hogueras huesudas de los indigentes, nos recuerdan la importancia redentora del calor y se aprecia que el descontento popular tiene mucho que ver con la circunstancia de carecer de gas para la cocina o de leña para encender la chimenea. Del mismo modo que algunas personas se acatarran con el sol, hay gente que se acalora con el frío y desprende la energía sin aliento de la que están hechas a menudo las revoluciones. A pesar de su bondad contemplativa y de su probada incapacidad para la audacia, el zar  Nicolás II sabía que la lealtad del pueblo era insostenible por debajo de cierta temperatura y que en cualquier circunstancia la ira colectiva sobreviene cuando la educación y la cultura pueden menos que el frío. Cuando yo era niño, mi madre, que no era nada soviética, sabía que mis arrebatos revolucionarios eran más frecuentes en invierno, así que no tardó en darse cuenta de que para aplacar mi carácter levantisco lo mejor sería sustituir cualquier consejo por un poco de calor. Mi madre sabía que para frenar la ira del pueblo a veces no hay una sola idea que resulte más útil que una buena bufanda. Se trataba de la vieja lucha entre el pensamiento de los filósofos y la lana de las ovejas. Los gobernantes harían bien en temerle más al invierno que a las proclamas de sus enemigos políticos y tener en cuenta que el pueblo reacciona por el frío objetivo del termómetro más que por el falso calor de los discursos. Al pueblo llano es difícil detenerlo cuando para entrar en calor tiene que quemar sus propios guantes.

José Luis Alvite/larazon.es

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