Narco adentro

Por: María Teresa Ronderos | 01 de febrero de 2012

Esta semana escuché una charla sobre por qué los ‘narcos’ han disparado la violencia en México. De un promedio de 4 mil asesinatos por año asociados al narcotráfico entre 2000 y 2008, se pasó a un promedio de 16 mil asesinatos en los últimos años.

Para empezar la cuidadosa investigación de Viridiana Ríos, candidata a doctora de la Universidad de Harvard, derrumba el mito que de que la violencia se desató en todo México. Hay estados con menos de cinco asesinatos asociados al crimen organizado en un año, como Yucatán; hay otros dónde la violencia sí se disparó, como Nuevo León; y hay otros dónde los asesinatos se trepan súbitamente por temporadas, caen, y al poco tiempo vuelven a subir, como Veracruz y Durango.

Luego Ríos explica las razones de por qué el narcotráfico, de vieja data en ese país, en los últimos años se puso tan brutal. La primera es que de los viejos carteles familiares se pasó a verdaderas coporaciones industriales del crimen que están en plena expansión de territorios. Eso los pone a chocar entre sí con mucha mayor frecuencia, y cada guerra va dejando una estela de muertos detrás. IMG_0013

El más sangriento choque ha sido entre los carteles de Sinaloa y Juárez y por eso es Chihuahua la que puso en 2011 el mayor número de muertos: 2925, casi todos en Ciudad Juárez. (ver foto típica de manta amenazante que dejó un cartel a otro en Ciudad Juárez)

La segunda explicación del incremento de homicidios es que la guerra que desató el gobierno Calderón contra los carteles hace que estos se dividan. Así que ahora hay 12 organizaciones criminales, cuando al comenzar el siglo había la mitad. Y entre más grupos nacen, más batallan entre sí, lo que profundiza el ciclo de violencia. En otras palabras, que el gobierno empezó un guerra con una estrategia que no sabía a dónde lo iba a llevar.

Y la última razón es que la descentralización y el cambio político hizo que los viejos arreglos entre políticos y carteles se rompieran, y viniera el desmadre.

Con una historia más larga de lucha frontal contra las drogas ilíticas, Colombia vio patrones parecidos. La declaratoria de guerra llevó al descabezamiento del cartel de Medellín, y después del de Cali, y del del Norte de Cali, y cada vez se fragmentaron más, se volvieron más pequeños e invisibles, pero no por ello menos violentos. Al contrario, los narcos fueron matando cada vez más allá de lo que les era indispensable para que su negocio fluyera sin problemas. Cientos de miles de inocentes cayeron con sus bombas, miles de líderes sociales que resistieron su poder corruptor fueron asesinados, mataron a los mejores políticos y a los periodistas más valientes.

La guerra contra el ‘narco’ en Colombia no lo sacó de la sociedad sino que lo empujó a sus entrañas: se coló con su lavandería de dinero en la economía y deslegitimó la política llevando a los corruptos elegidos con su dinero al poder. Ha servido de acicate al conflicto armado, proyevéndolo no sólo de dinero ilimitado, sino que contagió a los grupos armados ilegales de su estilo mafioso y de sus métodos brutales.

No es casualidad que el actual presidente de Colombia, después de haber vivido más de la mitad de su vida con las secuelas tremendas de una guerra en la que también nos metimos sin pensar cómo sería el final, esté hablando de que es hora de que el mundo piense en serio en la despenalización de las drogas. La guerra inventada por los estadounidenses convirtió la coca en un negocio imparable y su poder destructivo se está sintiendo con fuerza en las democracias más endebles de América Latina.

Tampoco sabemos a dónde nos conduciría una despenalización o incluso una legalización tan tardía, cuando ya el crimen organizado que originó la prohibición es multifacético. Puede pasar incluso, como dijo Ríos, que los carteles viendo que sus finanzas sufrirían un golpe mortal se vuelvan más violentos. Pero vale la pena aunque sea, romper los tabúes, y empezar a discutirlo.

http://blogs.elpais.com/trova-paralela

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