Orina de gato

Orina de gato

En la época en la que Charles Dickens escribió su obra, la pobreza en Inglaterra era un hecho generalizado y sus víctimas constituían un magma sórdido y fermentado que, en la duda de poder redimirse con éxito de la miseria, cultivaban con provecho la resignación. Al margen de ser una lacra social, la pobreza era también un germen estético, un fermento de la literatura que avivaba por entregas el gancho popular de los periódicos. En la noche social oscurecía con más negrura que en la noche astronómica y en ese momento la miseria cuajaba en la clase de situaciones monstruosas e inciertas, angustiosas, que, además de con la ausencia de dinero y de esperanza, tienen mucho que ver con la falta de luz. Aquella estricta pobreza dickensiana tiene poco que ver con la miseria de los tiempos modernos, mucho más luminosa, sobre todo a partir de que con los avances de la medicina remitiesen considerablemente las patologías de la miseria. Dickens retrató de manera formidable la pobreza inclemente de su tiempo. Hoy parece impensable que alguien describa de ese modo la miseria social, entre otras razones, porque los pobres de las sociedades avanzadas  son más saludables que sus colegas del XIX y porque los políticos saben que para aplacar la furia de los miserables importa menos combatir con decisiones justas sus deficiencias económicas, que ayudarles a soportar con analgésicos la artrosis. Yo fui niño en una clase media española dócil y abnegada que tenía la idea de que la felicidad consistía en que llegase la primavera para que los sabañones no nos impidiesen calzarnos los zapatos. Fue entonces cuando descubrí a Dickens y aquella prosa de ebanista en la que los personajes se propagaban fénicos e invertebrados, como los orines en el aserrín del gato.

José Luis Alvite/elpais.es

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