Conciencia con escaleras

Conciencia con escaleras

Es obvio que se pueden dictar leyes severas contra el ejercicio de la prostitución y disponer operativos policiales muy estrictos para perseguirla. Eso no significa en absoluto que la prostitución vaya a ser erradicada. Lo único que se consigue es modificar su apariencia o cambiarla de sitio. La prostitución no es el resultado de una degradación moral, sino la consecuencia del contacto interesado e inevitable entre el instinto carnal del cliente y la necesidad económica de la prostituta; un asunto que no le incumbe al alma, sino al bolsillo. La prostitución es algo que ocurre al margen del pensamiento y no constituye necesariamente una relación de índole criminal, como presumen quienes consideran una desviación sexual la pesca con mosca. Quienes se oponen con más fuerza a la ilegalización del negocio son las propias prostitutas. Los que conocen bien el ambiente saben sin duda lo reacia que puede ser a su «salvación» una mujer que obtiene seis mil euros al mes practicando un oficio de cuyos inconveniente morales se libera enseguida con dos sorbos de desinfectante. Para las mujeres que ejercen libremente la prostitución, su redención supondría un auténtico castigo. En muchos casos dejarían de ser prostitutas para convertirse en indigentes, algo que para ellas no supondría en absoluto una liberación, sino un escarmiento. En «La dama del lago» las habitaciones de las chicas estaban en el piso superior. Una noche en la que hablé de su posible redención con la veterana del local, me dijo ella: «Tengo una familia que mantener y unos cuantos caprichos a los que no pienso renunciar. Hay oficios más repugnantes que este… y también más inmorales. No tengo remordimientos, cielo. En realidad a mi conciencia sólo de vez en cuando se le atragantan las putas escaleras».

José Luis Alvite/larazon.es

Pintura de Jorge Rando

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