Dime cómo comes y te diré cómo viajas

Dime cómo comes y te diré cómo viajas

Estoy en un restaurante cualquiera, de un país cualquiera. Cenando solo, como otra noche cualquiera.

 

La mesa de al lado la ocupa una pareja de mediana edad con un niño de unos 10 años. El padre pasa toda la cena trasteando su teléfono móvil, sin dirigirle apenas la palabra a la mujer y al niño. Incluso cuando le sirven el plato, él sigue comiendo y jugando con la pantallita. La mama mira ausente al techo mientras el niño se entretiene pintando en un cuaderno.

 

“No sé donde hay más soledad”, pienso. “Si en mi mesa o en la de ellos”. Y se me ocurre tomar mi cuaderno de notas para repasar situaciones típicas que se suelo ver en los restaurante. Me salen estas, pero seguro que vosotros sabéis más:

La pareja mayor que pasa toda la velada sin hablarse ni mirarse. A lo sumo un “Pásame la sal”. Supongo que una década de matrimonio hace mella… pero ¿qué desperdicio, no? Para estar así mejor quedarse en casa y ahorrar dinero.

 

El bar de carretera un mediodía cualquiera. Una treintena de comensales solitarios: camioneros, viajantes, hombre y mujeres de negocio, viajeros profesionales… todos en una mesa individual, mirando la tele, la mirada perdida en cualquier punto para no tener que cruzarla con otra mirada solitaria. A veces me dan ganas de levantarme y chilar: “¡Señores, señoras, juntemos las mesas y contemos algo, aunque sean chistes de Lepe; que tanta soledad no puede ser buena!

 

La comida de negocios. Señores (en menor medida, señoras) encorbatados en donde detectas enseguida al que quiere vender (es el que no para de hablar) y el posible comprador (el que aguanta estoico la perorata). En la mesa siempre hay jamón del bueno y gambón fresco; paga la empresa.

 

El grupo de veinte-treintañeros más pendiente cada uno de su teléfono móvil que de compartir conversación con los demás (a veces me pregunto si se pedirán la sal por Whatsapp). Suelen enterarse de qué han visto en el viaje repasando los Instagram y fotos colgadas en su muro de FB.

 

El maleducado que come atragantándose y con la boca abierta y que te obliga a cerrar el plano visual hacia aquella zona si no quieres que te amargue la cena.

 

-La pareja de enamorados que pasan la cena comiéndose con los ojos y con las caricias. Suelen pedir aperitivos, dos platos y postres (¡los estrógenos y los andrógenos dan mucha hambre!). Podría caerse el techo y ellos ni se inmutarían.

 

-El restaurante donde se comparte mesa. En España sería inaceptable, pero en muchos países es normal sentar a los comensales rellenando mesas ya ocupadas. La cara de póker que se nos suele quedar a los españolitos la primera vez que nos sientan en una pequeña mesa con desconocidos es de foto.

 

-El periodista de viajes, cenando solo langosta y vino francés, invitado en el mejor restaurante de la localidad, añorando una tortilla francesa en casa con la mujer que ama.

 

¿Se te ocurren más?

Paco Nadal/elpais.com

Pintura de Ernest Descals

Deja un comentario