El mosaico

 El mosaico

El público del «Camp Nou» es muy disciplinado, y colabora con brillantez para que los graderíos del gran estadio se vistan con un impresionante mosaico. En el Bernabéu, ese prodigioso y lamentable espectáculo es imposible. Se ha intentado, pero el sentido individualista de los madrileños choca con la feliz mansedumbre colectiva de los catalanes. Los mosaicos en el Bernabéu no lucen, porque a la mitad de los espectadores se les olvida mostrar la cartulina, o deciden desde su libertad, que hacerlo es una majadería.

El pasado sábado, el público de Barcelona culminó, con admirable sentido del deber nacionalista, un mosaico perfecto. Sólo podrían haberlo mejorado en Corea del Norte. Me entristeció la perfección. Recelo de toda obra colectiva, siempre enfrentada al espíritu fundamental de Europa, el individualista. Los extremos gustan mucho de esos espectáculos tan horribles como bien ejecutados. Es de justicia felicitar a los espectadores del «Camp Nou» por su orden y obediencia. Pero el resultado no fue otro que una exhibición admirable de magna cursilería. Un mosaico humano de noventa mil personas sin errores es la consecuencia de un fondo y una forma que se complementan a la perfección. El fondo es la premeditación y la forma, la alevosía. Cataluña es colectivo. Castilla es cada individuo a su aire. Sucede también en el País Vasco. Nadie canta como los vascos en una coral, pero pocos destacan como solistas. Nadie rema como los vascos en una trainera, pero en una competición de embarcaciones con un solo remero siempre hay un inglés, un alemán o un ruso que triunfa sobre el fortísimo morrosco con envidiable facilidad. En el colectivo, invencibles. En lo individual, mejorables.

El «Barça» ha impuesto un fútbol maravilloso y preciso amparándose en el colectivo, en el equipo, aunque tenga a un genio individualista como Messi. Y el Real Madrid, juega contagiado por el espíritu de su sede, de su ubicación. El «Barça» fabrica una preciosa tela de araña en la que caen todos sus adversarios, y el Real Madrid, a su manera, mete el palo en la tela de araña, destroza la armonía y mata a la araña. Es cierto que la belleza –una belleza algo agotadora–, del fútbol barcelonista es muy superior a la del fútbol madridista, pero los números no mienten. En Barcelona se han encargado de vestir al Real Madrid de chulo pendenciero que arremete contra la libélula del preciosismo, y al final, el agua vuelve por donde solía. El «Barça» siempre ha sido virtuoso rebaño y el Real Madrid atronadora manada. Se quejan los comentaristas «culés» de la inexistente calidad del Real Madrid en el partido del sábado. El fútbol no es una pasarela de exquisiteces, aunque a todos nos guste la excelencia. Y si hay que ganar como manada, se hace y ya está. Una manada sostenida por el individualismo de un búfalo imparable.

Pero vuelvo al mosaico, a Corea del Norte, al colectivo nacionalista y a la disciplina heroica del público del «Camp Nou». Un éxito. Un gusto atroz. Florentino Pérez ha probado, con poca fortuna, el mismo sometimiento con el público del Bernabéu, y yo le recomendaría que no lo intentara más. Jamás el mosaico del Bernabéu será mejor que el del «Camp Nou». Es imposible. El madrileño padece de vergüenza ajena, de alipori, y no estima lo suficiente la culminación colectiva. Carece de alicientes para hacer el ridículo en pos de una patria figurada. Y siempre se reafirma en su sentido individualista. Lo del mosaico estuvo muy bien, muy coreano, y muy bien hecho. Nada europeo.

Alfonso Ussia/larazon.es

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