El país de la guitarra y la pandereta

El país de la guitarra y la pandereta

Alemania no es un motor cualquiera. Es el motor; el auténtico motor de la Unión Europea. Es cierto que existe una interconexión de todos los países de la Unión, hoy más unidos por la crisis que por otra cosa. Si alguien está salvando este vendaval con piélagos que se convierten en tsunamisy arrasaron con Grecia, es sin duda, Alemania.

Cuando perdió la Segunda Guerra Mundial, el país teutón quedó aplacado en la más absoluta de las miserias. Los alemanes entendieron que la única manera de renacer de sus cenizas era el trabajo. De aquel país derrumbado, hoy nos encontramos con la nación que todo el mundo admira y que alguno que otro, envidia.

Solo basta ver algunos datos. La población alemana es de ochenta y ocho millones de habitantes. Su tasa de desempleo es de 5.7 por ciento. En otras palabras, hay prácticamente pleno empleo. Nada que ver con lo que ocurre en España, un país con cuarenta y siete millones de habitantes y un 23.3 por ciento de la población activa sin trabajo. Uno de cada cuatro españoles carece de empleo. De aquí a las navidades llegaremos a los seis millones, es decir, un 25 por ciento de parados.

Alemania crece ya al 3 por ciento. Es cierto que no es mucho, si lo comparamos con algunos países de América Latina o el Sureste Asiático, pero cotejándolo con sus vecinos europeos, es una locomotora.

España lleva ya dos años con crecimiento negativo. Una contrición sin precedentes.

Las previsiones para el próximo ejercicio no son nada halagüeñas. Todavía, durante el 2013, España seguirá sin crecer. Eso quiere decir que el desempleo podría superar los seis millones de parados. Un drama que no se conocía en los cuarenta años de democracia.

Alemania es la que hizo que España y otros países de la Unión —fundamentalmente Grecia y Portugal— pudieran crecer. Las grandes infraestructuras españolas crecían gracias a la generosidad de los países poderosos de la Unión Europea. Fueron los famosos y hoy extintos “fondos de cohesión” los que llovían como nieve en forma de euros y ayudaban no solo al transporte sino al campesino español que creció, y creció mucho y bien.

Alemania es la que mantiene a Grecia. No nos engañemos. Los teutones son los que controlan en el fondo el grifo de Grecia y de varios países del Este. La pregunta que me hago es si la Unión Europea podría haber tenido posibilidades de éxito sin el concurso alemán. Probablemente no. Francia y su chovinismo, Gran Bretaña y su aislacionismo y los países nórdicos y su lejanía en todos los aspectos, no hubieran bastado para sacar de la hecatombe en la que estamos viviendo en estos momentos tan cruciales.

Además los teutones son un ejemplo de honestidad que habría que aplicar a España. Hace pocas semanas, el antiguo jefe del Estado alemán dimitió porque un amigo suyo banquero le prestó dinero con intereses preferenciales para comprar un inmueble. Eso, los alemanes lo llaman tráfico de influencias. Por algo tan nimio, puede dimitir el jefe de un Estado como es Alemania. Es lo mismo que en España, un calco. Aquí está pringada media clase política, tanto de un partido como de otro. En el litoral español, especialmente en Andalucía y Valencia, se esconden las corruptelas más sórdidas de estos últimos años. Hemos visto cómo las autoridades andaluzas se han quedado con el dinero de los desempleados. Hemos vivido también los tentáculos de las corrupciones con nombres de políticos muy afamados en España; Los Camps o los Costa son algunos de ellos. La diferencia con Alemania es que aquí, en el país de la guitarra y la pandereta, no dimite nadie. Son como los infieles, cuando les descubren, que niegan y niegan y vuelven a negar.

En fin, que estamos como queremos. Eso sí, a Ángela Merkel, que ha hecho un trabajo formidable, la acusamos de retrógrada y autoritaria. Ojalá tuviéramos una Ángela Merkel en España y no esta mediocridad que lleva años gobernando.

Alberto Pelaez/mileniodiario

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