La conejita de Buenos Aires

La conejita de Buenos Aires

Hay en este país sesudos analistas que se encargan de reflexionar sobre las razones profundas que motivan los grandes acontecimientos en el orden político, social y económico. A ellos compete indagar en las motivaciones intelectuales de las decisiones importantes, como la que supuso la propuesta de expropiación dictada en Argentina contra Repsol. Lejos de ser uno de esos expertos, me dejo llevar por los análisis más callejeros, los que no se elaboran en la atmósfera grave y pensativa del gabinete de estudios, sino los que se urden en el ámbito plural y apasionado de la peluquería, que gracias a no parecer inteligentes, es muy probable que resulten sensatos. ¿Y qué se dice en la peluquería? Algo muy sencillo: la presidenta argentina se ha dejado llevar por la intuición de que al pueblo llano hay que facilitarle emociones que le hagan el mismo efecto que el alcohol sin perjudicarle necesariamente al hígado. Arropada por el efluvio fénico y santoral de un retrato de Evita Perón, la viuda de Kirchner recupera la vieja habilidad del peronismo para excitar al pueblo llano con populistas colocones patrióticos capaces de producir en la muchachada bonaerense ese paroxismo que se obtiene con facilidad de la oratoria cuando sale demasiado caro destilarlo de la uva. A mi peluquero le parece que la presidenta vive por las prisas del reloj. Por eso se pone cachonda de notoriedad y toma decisiones húmedas y voluptuosas. Es como si necesitase el tumulto casi obsceno del pueblo llano para sentirse aplaudida y deseada; como si al viciarse en la lascivia del poder hubiese descubierto que su destino histórico no es un retrato al óleo en la Casa Rosada, sino una foto encaramada como una conejita de «Play boy» en lo alto de un tonel.

José Luis Alvite/larazon.es

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