Problema de trenes

Problema de trenes

Nunca he entendido por qué generaciones varias de intelectuales y de políticos se esforzaron tanto en dar por sentado que los españoles somos unos individuos ávidos de confrontación, ansiosos de exhibir nuestras diferencias con muestras de hostilidad. Mi pesimismo existencial no me impide reflexionar sobre la idea de que en realidad los matices diferenciadores no son tan importantes, ni tan cruciales, que hayan de suponer la justificación de una actitud irreconciliable. Es cierto que vivimos en un país con diversidad de culturas y de idiomas, pero no lo es menos que si uno recorre España se da cuenta de que lo que se debate en los bares no es la hegemonía de una comunidad autónoma sobre otra, sino lo apasionante que resulta vivir en un país con tantas maneras distintas de asar el cordero. Los intelectuales han atizado con frecuencia el fuego de la indigencia cultural de los españoles para explicar su visión de una España fanática e iletrada, habitada por individuos hoscos y enfadados que no  conocían un punto de equilibrio entre la iluminada fe en Dios y la combustión de los curas. Habría que averiguar las razones por las que han sido así los intelectuales, por si se diese la circunstancia de que lo que aqueja históricamente a nuestros pensadores no es una cierta incapacidad para digerir la realidad sociopolítica del país, sino su obvia dificultad para asimilar bien las comidas regionales.  Yo no tengo muy claro que los españoles seamos en el fondo tan distintos los unos de los otros. Incluso creo que lo que de verdad desune a los españoles no son sus idiomas y culturas peculiares, sino lo mal repartido que está el ferrocarril.

José Luis Alvite/larazon.es

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