Sexo con nevera

Sexo con nevera

A muchos hombres les atraen de manera muy especial las mujeres casadas y seguro que hay estudios científicos que lo explican con argumentos incontestables. A mí eso también me ha ocurrido unas cuantas veces y si no me he planteado nunca averiguar los motivos será porque esa atracción me parece algo tan elemental como que a uno le entren ganas de comer pasteles justo a raíz de haber cerrado sus puertas la confitería. A veces nos empeñamos en buscarle explicaciones a las cosas en vez de limitarnos a disfrutar de ellas. Nos educaron de tal manera que tenemos los remordimientos antes incluso de haber cometido las faltas. Lo cierto es que cada vez que razonamos sobre un deseo, por lo general tanta sensatez sólo nos sirve para privarnos de un placer. A una mujer casada le confesé en una ocasión que si de verdad la deseaba era porque de vez en cuando necesitaba sentir la sensación de haber disfrutado de un placer al lado de alguien capaz de arrepentirse y gemir al mismo tiempo. Aquella mujer era pegadiza como un vicio y fascinante como un sueño. Y sobre todo, estaba casada y aburrida, así que era muy probable que ella misma necesitase cometer una traición para regresar a casa con el espíritu bendecido por ese arrepentimiento luminoso y momentáneo del que se liberaría tan pronto pusiese las zapatillas, conectase la lavadora y se cepillase el pelo. Lo cierto es que en cuantas ocasiones he tenido relaciones con mujeres casadas, me acordé de lo que una noche me dijo la escritora Kate Sinclair: «Por culpa de lo mucho que enfría los impulsos, el matrimonio a veces sólo sirve para que, en presencia de una mujer casada, la nevera deje de ser el lugar más frío de la casa».

José Luis Alvite/larazon.es

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