Sueño pesado

Sueño pesado

Al redactar para el programa de Carlos Herrera  las crónicas de Savoy me asalta a menudo la tentación de describir uno de esos desolados parajes de Arizona o de Nevada en los que el panorama resulta tan poco interesante que hasta parece posible encontrar algo mejor cavando de madrugada el suelo. Supongo entonces que en las alcobas de los moteles de carretera el recepcionista echa las persianas porque sabe que al tipo de paso no se le perderá nada interesante al otro lado de la ventana. Recuerdo haber visto un sitio así mientras rodaba en coche por la meseta castellana. Hacía viento y me detuve a tomar un café a media tarde en un pueblo en el que incluso parecería atrasado el periódico del día siguiente. Para no dar por perdida la escala, le pregunté al dueño del bar qué monumentos valdría la pena visitar. Me contestó que no había nada verdaderamente interesante en muchos quilómetros a la redonda y que la mayoría de los automovilistas aprovechaban la inexpresividad del paisaje para transitar de madrugada. Los edificios que a mí me parecían antiguos, aquel tipo me aseguró que en realidad sólo eran viejos. Hablamos luego de la enorme polvareda de aquella tarde. El tipo del bar se apoyó en la barra sobre las palmas de las manos y me dijo que los vecinos se habían largado del pueblo porque ni había suficientes niños para abrir la escuela, ni cadáveres bastantes para mantener el cementerio. Después me aconsejó que acabase el café cuanto antes y siguiese mi camino. Continuaba el polvo en el aire cuado me hice de nuevo a la carretera. Nunca supe cómo se llamaba aquel lugar. En cualquier mapa, un pueblo así habría parecido una jodida mancha de café. Luego pensé que probablemente podría haber dormido allí a mitad de precio gracias a compartir la alcoba con el cadáver de un hombre que al tipo tranquilo del bar le habría parecido que tenía el sueño muy pesado…

José Luis Alvite/larazon.es

 

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