Decepcionante Sabina

Decepcionante Sabina

Ocurre con frecuencia que por las cualidades del artista admiramos incondicionalmente al autor de aquello que nos deslumbra y ni nos planeamos siquiera que pueda tratarse de alguien con un comportamiento personal despreciable. Pablo Picasso fue un artista portentoso al que nadie discute sus méritos y sin embargo la descripción que hacen de él sus amantes retrata a un hombre soberbio, engreído y agresivo en cuya mano medraba la violencia cuando amainaba el Arte. Es evidente que el talento no es en absoluto ajeno a la crueldad y que en una misma persona pueden coexistir en perfecta armonía la más fina sensibilidad creativa y la más repugnante violencia criminal. ¿Puede entenderse de ese modo la actitud de Joaquín Sabina al jalear la actitud confiscadora de Argentina a raíz de haber expropiado el Gobierno de la Sra. Kirchner la empresa YPF a la española Repsol? Es obvio que la de Sabina no es en este caso una violencia que exceda de lo verbal, pero me pregunto si en el fondo lo que ha hecho Sabina fue en realidad un negocio personal a costa de convertir en dinero el elogio a una decisión política que probablemente ni siquiera ha analizado. Es significativo que haya hecho su declaración con motivo de la promoción hispanoamericana de su último disco, predisponiendo en su beneficio el favor de un público previamente enfervorizado contra España por el peronismo zafio y populista del gobierno argentino. En ese caso, a Sabina no le habría importado en absoluto convertir en dinero la diarrea verbal de una sinceridad ética y política en la que no creo justo desde el momento en el que comprendí que a los tipos como Sabina sólo les remueve la conciencia aquellos asuntos populares que, por lo que sea, les afectan al bolsillo. Y si bien nunca renunciaré al placer que me produce la obra de Sabina, tampoco cometeré jamás el error de creer que su dignidad es independiente de su caché.

José Luis Alvite/laraon.es

¿Añadimos a Serrat, José Luis?

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