El mayordomo

El mayordomo

No es nada nuevo que en la restringida vida social del Vaticano estalle un escándalo que parezca amenazar el prestigio de la institución pontificia. Es lo que ocurre ahora con el asunto suscitado por el comportamiento desleal del mayordomo del Papa al filtrar a la Prensa documentos privados cuya circulación pone de manifiesto la vulnerable intimidad de Ratzinger, un metódico Papa sin sangre que no se caracteriza precisamente por llevar una vida expansiva y deslumbrante, sino por ser un hombre comedido, a veces casi inexpresivo, al que sus adeptos y admiradores consideran incapaz de hacer revelaciones espectaculares que puedan contribuir a que rehabilite su tirada algún periódico necesitado de oxígeno. Pero, ¿habrá en la deslealtad del mayordomo algo más que un interés personal? En cuanto a las luchas de poder en torno a la silla gestatoria de la Santa Sede, ha habido siempre algo más que un argumento difuso para alimentar un género literario en el que alguien supo mezclar a la Mafia y las supuestas flaquezas de la Iglesia. Pero es posible que el mayordomo Paolo Gabriele no sea alguien al servicio de una oscura trama cardenalicia para determinar la identidad del próximo inquilino de San Pedro, sino un tipo corriente que no pudo contener la tentación de hurgar en la intimidad postal del Papa y sucumbió luego a una oferta para vender a buen precio el material sustraído al amparo de la confianza que S.S. había depositado en él. El mundo lo modifican por lo general los personajes portentosos e indiscutibles, pero no cabe descartar que a veces influyan los seres insignificantes que toman sus decisiones tragando saliva. Y en ese caso, el Papa, tan preocupado por  elevarse a Dios, cometió el comprensible error humano de elegir mal al tipo discreto y algo anodino que tendría que ayudarle a levantarse del baño.

José Luis Alvite/larazon.es

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