Exageraciones y verdades sobre los taxistas ‘kamikaze’ del DF

Por: Pablo de Llano

Taxistacubaya
¿Qué sensación de seguridad puede ofrecer un taxista que conduce sin espejo retrovisor? El chófer que nos transporta es un hombre-roble con un bigote estrechito, a la antigua usanza mexicana. Cuando quiere cambiarse de carril, cosa que hace cada dos por tres sin poner el intermitente, se basta con asomar la cabeza afuera y echar un ojo de refilón antes de ocupar el carril con un volantazo desconsiderado.

El hombre-roble tiene una técnica para avanzar por el embotellado tráfico de Ciudad de México en hora punta. -Hora pico, dicen los mexicanos-. Su técnica es el merozigzageo. Allá donde el tráfico respira mínimamente, como un pez gordo y cansado que abre sus branquias para seguir boqueando, el taxista se cuela como una flechapara adelantar unos metros de asfalto.

A él y a su cuadrilla de Ángeles del Infierno, que en vez de californianos son mexicanos, y que no cabalgan en Harley sino en coches más o menos ramplones, la gente los conoce como los taxistas kamikaze, o taxistas de la muerte.

Es una flota de unos 150 taxis que cubre la ruta entre Tacubaya, una parada de metro del centro de la ciudad, y Santa Fe, una zona de negocios a 13 kilómetros de allí. Sus clientes son cientos de oficinistas de clase media que quieren llegar puntuales a su trabajo. La oferta de los kamikaze es atractiva: llegar en menos de 30 minutos.

El otro medio de transporte, el microbús, un camioncito eminentemente incómodo donde los cuerpos van constreñidos y los oídos tienen que soportar los éxitos latinos del momento a un volumen imperial, tarda más de una hora en hacer el mismo recorrido. Cuesta cuatro pesos (20 céntimos de euro), pero los oficinistas prefieren pagar seis veces más (100 pesos entre cuatro pasajeros) por recortarle tiempo al tráfico del DF, aunque sea a bordo de un taxi cuyo apodo remite a una caja de pino sobre ruedas.

Pero estos motes son exagerados, como tantas otras cosas en una ciudad tan excesiva como el DF. Los taxis de la muerte conducen de manera silvestre pero no corren mucho, y aún si quisieran hacerlo, por mucha intención que tuviesen de arriesgar la seguridad de sus pasajeros por amor al pilotaje extremo, lo tendrían complicado: la circulación en esta ruta es asfixiantemente lenta. Por lo tanto, más que apretar el acelerador, lo que hacen los famosos kamikaze de Tacubaya-Santa Fe es colarse como sea por los intersticios del tráfico inmóvil sin tener en cuenta a los otros; más que tipos que desprecian la vida, son tipos que se ganan la vida ignorando el civismo circulatorio.

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El objetivo de este escuadrón de taxis abruptos es simplemente avanzar donde resulta casi imposible avanzar.

Una de sus tácticas es juntarse en grupos de dos o tres para irse abriendo paso entre sí, en una combinación ruda de bloqueos a los demás vehículos y continuos cambios súbitos de carril.

Otra de sus herramientas para reinar en la selva mexicana del dióxido de carbono es la intercomunicación. Los grupos que van delante van dando pistas a los que vienen detrás por medio de walkie-talkies o con el teléfono móvil en manos libres. Usan una jerga telegráfica de direcciones y atajos llena de órales, güeyes y chingados que es imposible descodificar.

Esas son las características comunes a la tribu, aparte, cómo no, de la norma inquebrantable de no llevar puesto el cinturón. Luego cada cual tiene sus detalles, como, por ejemplo, un taxista que en lugar de llevar una bocina en el volante que hagapo po como todos los coches, tiene un botoncito rojo encima del aparato de radio que aprieta y hace un soniquete como el de una sirena policial o como el de una ambulancia. La antítesis del fair-play vial.

Y los únicos momentos de riesgo por exceso de velocidad tienen lugar en el último tramo del recorrido, cuando la avenida se ensancha cuesta abajo por un cerro que conduce a Santa Fe y el tráfico se aligera. Ahí, órale, estos güeyes sí aceleran para recuperar todos los segundos que pudieron perder en el cenagal previo de automóviles. Deben llegar rápido por dos razones: para cumplir con los pasajeros, y, sobre todo, para volver cuanto antes a Tacubaya (mientras dura la hora punta) para cargar a otros cuatro clientes.

Por lo tanto, exceptuando la parte de rally final, en la ruta de los kamikaze la seguridad se mantiene dentro de un rango más o menos razonable. Circulan historias que hablan de accidentes reiterados, hasta mortales, por culpa de su conducción precipitada, pero tanto los taxistas de la ruta como la dirección de tráfico del DF niegan que eso sea verdad.

El ayuntamiento, eso sí, reconoce que no es legal cargar cuatro pasajeros para un viaje. Pero no le parece suficiente motivo para desestimar la contribución de los taxistas kamikaze a la armonía del caos defeño. Por más brutos que sean, por mucho que desprecien los derechos de los demás coches, la ciudad no tiene una solución mejor para mover a tantos oficinistas a Santa Fe en tan poco tiempo. Y los Ángeles del Infierno de Tacubaya seguirán reinando en esta selva de asfalto y tubos de escape hasta que el DF aprenda a respirar mejor.

FOTOGRAFÍA: Fila de taxis junto a la estación de metro de Tacubaya. / P. LL.

http://blogs.elpais.com/periscopio-chilango

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