Kerouac en el Rocío

Kerouac en el Rocío

Hace más de cincuenta años Jack Kerouac se echó a la carretera ávido del placer de la libertad sin las ataduras de lo doméstico, reacio a la rutina y pensando en una cierta recuperación de las emociones esenciales, las que tienen que ver con los instintos más que con las normas. Además de para conocer la inmensidad de los Estados Unidos, su viaje le sirvió para saber algo más de sí mismo y para encontrar su manera de escribir. Quien se acerque a su obra puede tener serias dudas acerca de que la suya sea una literatura de fácil acceso y hay quien sostiene que los textos de Kerouac se entienden mejor si se estudian interpretándolos como el efecto sintáctico de los narcóticos que consumía. Las emociones artificiales que fueron tan sugestivas para su manera de escribir resultaron a la larga nefastas para su salud. Pero Kerouac no fue el primero ni sería el último en luchar contra la falsedad de la vida ordinaria tergiversando a su antojo la realidad para acomodarla a sus expectativas. En eso precisamente consiste el Arte: en deformar la belleza natural con la pretensión casi heroica de hacerla aun más conmovedora, como cuando el pintor se sienta con su caballete frente a un redundante bosque de coníferas, cierra los ojos y espera a que su cabeza la sugiera un paisaje árido y polvoriento en el que milagrosamente haya medrado un arbusto en cuya sombra languidece el fuego sediento que consume el mosto ácido de un charco formado con la orina trenzada de una salamandra. Dicen sus biógrafos que Kerouac descubrió la religiosidad en aquellos viajes. Nada que no le ocurra al tipo que se echa a la carretera camino del Rocío y descubre la fe entre una comunal prosa de palmas, con una blasfemia en los pies y sin necesidad de anfetaminas.

José Luis Alvite/larazon.es

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