La camelia del general

La camelia del general

Pasé muchos días de mi infancia en casa de mis abuelos maternos, mirando la calle desde una ventana cuyos  cristales deformaban la realidad. Al principio me mareaba y hasta me daban nauseas, pero no tardé en acostumbrarme, hasta el punto de que cada vez que salía a la calle a jugar con los otros niños, estaba ansioso por volver y sentarme al lado de la ventana porque la vida me resultaba más original e interesante si la veía deformada por aquel cristal defectuoso en el que todo ocurría imprevisible y ondulante, como si resbalase el agua de la lluvia por el interior de mis pasmados ojos de relojero. Con el tiempo pensé que algunos cuadros de Salvador Dalí podrían haber sido pintados mientras el artista observaba la vida desde una ventana como aquella, y también supuse que don Ramón María del Valle Inclán habría tenido en Vilanova de Arousa una infancia confusa y oftálmica como la mía, acaso testigo absorto y astigmático de una realidad oleosa y ondulante. Toda mi vida ha sido en cierto modo la malversación interesada de una realidad que no me resultaba satisfactoria, la búsqueda inquieta y tenaz de una cierta falsedad de lo real por considerar que la belleza puede mejorar de aspecto si se sabe malograrla, como ocurría con las camelias que me enseñó en su frondosa finca de Vedra el general Armada aquella tarde de primavera en la que mientras me hablaba del 23 F con su cauta voz de ajedrecista. Aquel hombre veía la vida desde su propia malversación de la Historia. Y yo ahora, tantos años después de aquello, comprendo que, en efecto, la vida es como la camelia, esa flor breve y mojada que aún sería más hermosa si naciese tarde, decepcionada y caída.

José Luis Alvite/larazon.es

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