La librería y la taberna

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Seguramente a los intelectuales les colma su vanidad la suposición de que son ellos quienes mueven el mundo y que es en sus ideas donde radica el origen de los cambios radicales que convulsionan de tarde en tarde a la sociedad, renuevan las estatuas de los parques y añaden páginas inmortales a la Historia. Desde luego yo he sido siempre muy escéptico al respecto y creo que por muy leído que sea un libro, su capacidad de influencia es menor que la que pueda tener el cargador de una simple pistola. Por eso la izquierda tradicional sabe que la doctrina de sus ideólogos y el refuerzo editorial de sus filósofos resultan inútiles si no van acompañados por la algarada sindical en las calles, del mismo modo que el pasado nos demuestra que los revolcones históricos causados por la derecha no fueron tampoco el resultado de una idea inteligente, ni siquiera de una homilía leída en ayunas, sino la consecuencia de que se haya despertado con ganas de verbena un general de división. España es un país poco leído en el que la gente no se solivianta tradicionalmente con los libros, sino con el hambre. Estamos ahora en un momento crucial, en tiempo de privaciones, en medio de las circunstancias que con razón hacen temer un estallido social. Pero eso ocurriría en todo caso al margen de lo que piensen o digan los intelectuales, cuya influencia abastece apenas sus propias cabezas. Los grandes oradores supieron siempre que sus frases enardecidas serían por completo inútiles si no fuese por los tipos rudos e iletrados que salen furiosos a la calle y rompen las lunas de los bancos. Los grandes cambios históricos no se tramaron en la trastienda culta de la librería, sino en el ambiente tórrido de la taberna.

José Luis Alvite/larazon.es

Pintura de Eduardo Vicente

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