Santa Janis de las Desamparadas

Por: Diego A. Manrique | 07 de mayo de 2012

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Tina Turner y Janis Joplin. Nueva York, 1969.

 

Creía yo que Janis Joplin estaba más o menos en el olvido. Y resulta que no, que en la Red aparecen infinidad de seguidoras (pertenecen en general al sexo femenino, advierto). Abundan, por ejemplo, las que imitan su famoso desnudo, obra del fotógrafo Bob Seidemann.

Puede ser que yo tuviera mala suerte: en los setenta y los ochenta me encontré con demasiadas fans de Janis, todas pertenecientes a la variedad melodramatica. Veneraban a la Janis sufridora, a la que consideraban una mártir del machismo del rock. Construían pequeños altares a la difunta, recitaban poemas entre suspiros, no tenían mayor interés por las vocalistas negras que educaron a Janis. Si contabas que la Joplin pagó la lápida para Bessie Smith, que yacía sin placa en un cementerio de Pennsylvania, no parecían impresionadas y, desde luego, tampoco interesadas por escuchar a la Emperatriz del Blues.

SAN FRANCISCO ECHABA CHISPAS

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San Francisco en pelotas.

La suya, la victimista, era una lectura posible pero me temo que reduccionista. Han salido recientemente dos discos que permiten resituar a Janis. El primero la presenta dentro de Big Brother and the Holding Company y se llama Live at the Carousel Ballroom 1968. Se trata de una de las mitificadas cintas de Owsley Stanley, alías Oso, el muy legendario fabricante del mejor LSD, que también dedicó muchas energías a construir el perfecto equipo de amplificación para The Grateful Dead.

Oso grababa los conciertos de los Muertos Agradecidos y, de paso, sus compañeros de cartel. Sus teorías sobre el sonido, puestas en práctica en el presente disco, fascinarán a los audiófilos, aunque les obligue a juntar los bafles (más que estereofónicas, sus grabaciones aspiraban a la tridimensionalidad). Pero lo que aquí y ahora interesa es la música que hacía Janis con aquellos instrumentistas hirsutos.

      El tópico pretende que Big Brother era una banda torpe, que no se merecía a Janis. Al menos, eso repetía Albert Grossman, el manager vampírico que calculaba que una Joplin en solitario sería infinitamente más vendible (coincidía con la discográfica, desde luego). Pero suponía no comprender los valores del rock de San Francisco: gomoso, palpitante, guitarrero (sin el colchón de los teclados) y, por lo tanto, difícil de tratar en el estudio.

Lo que presenta Live at the Carousel Ballroom 1968 es una banda desmelenada en plena erupción, con elocuentes fraseos de James Gurley y una Janis que se castiga la garganta. Un retrato de un tiempo libérrimo, donde los mansos hippies convivían con los bárbaros Ángeles del Infierno: el concierto se interrumpe con un aviso a los moteros de que la policía quiere llevarse sus máquinas, aparcadas en el exterior.

“PERLA”, PARA LOS AMIGOS

Ya saben lo que ocurrió ese mismo año. Janis rompió con su grupo y aceptó  convertirse en una soulwoman, con sección de metal, todo con músicos mercenarios. La profundidad de su error se manifestó a finales de 1968, cuando se presentó como invitada en el concierto de Navidad del sello Stax, en Memphis, ante un público mayormente negro que no entendió aquella suplantación: para ellos, era una hippy histérica y desaforada.

El despiste se enmendó en 1970, cuando se puso al frente de una formación más compacta y modesta, la Full Tilt Boogie Band. Con ese quinteto grabaría lo que sería su disco postumo, Pearl. Ahora se publica un doble, The Pearl sessions, que contiene un CD casi inédito en su totalidad, incluyendo la maqueta –con guitarra de palo- del Me and Bobby McGee. El asunto es que Janis grababa al viejo estilo, cantando con su banda tocando detrás. Y cada toma ofrece una nueva visión de material que ya conocíamos. Aquí se hace evidente su creatividad, su entusiasmo por buscar nuevos ángulos.

Las interpretaciones, a veces con partes improvisadas, junto con la cháchara de estudio allí incluida, retratan a una Janis nada trágica. Se burla de su último novio, David Niehaus, que ha decidido viajar en plan mochilero al Nepal. Y maneja el entusiasmo del productor, Paul A. Rothchild, que en las notas confiesa estar entonces enamorado de la vocalista; comparado con su antiguo trabajo al lado de los Doors, aquello iba maravillosamente.

 UN PUDOR FATAL

Tanto que Janis decidió celebrarlo. El disco ya estaba casi completado cuando se inyectó heroína en su hotel. Lo había dejado y tal vez no estaba acostumbrado a la alta pureza del caballo que llegaba de contrabando en el puente aéreo -y naval- del Ejercito estadounidense que unía California y Vietnam. No quería revelar esa debilidad: se hallaba sola en su habitación, sin la precaución de hacerse acompañar por alguien con suficiente experiencia para enfrentarse con una sobredosis.

Un error, un desliz fatal. Pero no había nada predestinado, ningún “deseo de muerte”. El librito incluye unas fotos de Janis en el Carnaval de Rio de Janeiro. Luce feliz, un estado quizá no ajeno a la sensación de saberse en la buena senda musical. No hubiera querido ser recordada como una un ejemplo moral, una sacrificada a no se sabe muy bien qué Dios terrible.

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