Una mosca en la sopa

Una mosca en la sopa

Aun admitiendo el riesgo de que se equivoquen, les derrote el cansancio o alguien les utilice en su provecho, reconozco que me ilusiona el espíritu rebelde de los jóvenes «indignados» y de cuantas personas se suman de buena fe al reclamo de su desesperación. Es evidente que nadie lo hará por ellos. Cuando las ideas envejecen y el dinero sustituye a la razón, sólo cabe esperar que cambien el mundo quienes no obedecen a las conveniencias, sino a los impulsos, igual que algún día los perros se rebelarán contra quienes les ponen ropa, porque necesiten mear contra los árboles, recuperar los instintos y ladrarle de nuevo al frío, a la lluvia y a la muerte. ¿No nos quejábamos de padecer una juventud recreativa e indolente? Bien, aquí tenemos a centenares de miles de muchachos poseídos por una mezcla de fogosidad, desesperación y ganas de cambiar el modelo de una sociedad mecanizada, vieja y corrompida, incapaz incluso de reaccionar con sensibilidad frente a los desperfectos materiales causados por los seísmos. ¿Por qué se les tiene miedo?¿Cual es la razón para desconfiar de ellos?¿Esperábamos acaso que se resignasen a la molicie de un modelo político cuya limpieza original ha sido pervertida durante años? Desde luego no seré yo quien niegue la honrosa legitimidad  de su protesta, ni las razones para una insumisión que nos devuelve la fe en una juventud que creíamos malograda por la prolongada ingestión de doctrinas cuya propagación a la larga sólo ha servido para pervertir las conciencias, abaratar la dignidad y empobrecer el aire. Hay quien dice que los «indignados» son en realidad el inocente caldo de cultivo de los intereses bastardos de grupos infiltrados. Aunque así fuese, no serán más bastardos que los intereses de quienes corrompen la democracia. Porque no hay un solo hombre que, acuciado por el hambre, desista de comer sólo porque flote una mosca en la sopa.

José Luis Alvite/larazon.es

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