Al otro lado de los perros

Anoche volvió –impetuosa y plural, agua con la boca llena– la lluvia a mi ventana. Y con ella, el viento que la abanea en el aire; y los recuerdos de muchos años atrás, de cuando era niño y en mi imaginación no tenía sitio la imprecisión del pasado y ocurrían en ella menos sombras que en la luz y más coches que en las calles. Fueron tiempos distintos de los que corren. No había madres sin hijos, y como yo lo recuerdo ahora, amigo mío, incluso tenían gatitos los perros y padres los ancianos. Anoche les conté a mis amigos de Facebook que en los juegos de los otros chiquillos yo sólo era el niño soñador e hipermétrope que estaba más allá del final de su felicidad y de sus risas, en la comisura de la soledad, al otro lado de aquella alegría soleada y colegial, en las estribaciones de la soledad, al final de sus perros. Anoche me desveló algo que no puedo recordar, tal vez el café, quién sabe si un temor o algún remordimiento. Entonces me senté de madrugada en el ordenador, y aunque estaba triste, les conté a mis amigos de la madrugada fluorescente de Facebook que «la relativa mala suerte de que no puedas dormir, no tiene comparación con la terrible desgracia de que no puedas despertar». La lluvia de aquellos días después del verano refrescaba los instintos y fregaba los sepulcros, pero no recuerdo que el aguacero dispersase a los chiquillos. Tampoco era algo que nos preocupase mucho. Sabíamos que no había un solo resfriado que no se curase con un catarro, ni creíamos que la gente se hiciese rica sólo por culpa de tener dinero. Y si mi amiga Rocío González de niña quiso ser negra, casarse luego con un pastor baptista y cantar góspel en la iglesia, yo me conformaba con que flotase en la lluvia el polen de la saliva y pudiese yo aguantar con vida hasta la cena.

José Luis Alvite/larazon.es

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