Angela Hitler

Si fuese cierto que la crisis económica española es una de las batallas con las que Alemania pretende vengar su derrota en la II Guerra Mundial, estaríamos ante un conflicto que produce hambre y miseria sin necesidad de causar al mismo tiempo ruinas. Incapaces de vencer hace casi setenta años con la Luftwaffe, con la Kriegsmarine y con la Wehrmacht, los alemanes se han encontrado ahora con la circunstancia histórica propicia para triunfar con el recurso gris y amanuense de los contables, apoyados para la ocasión por una densa logística de grises funcionarios que sólo se mancharán las manos de tinta mientras arrodillan a la Europa jovial y sureña, al orbe hedonista, folclórico y  meridional al que ellos considerarían un lastre económico y social para el norte frío, algebraico y calvinista en el que las oraciones parecen órdenes y el único que disfruta de las ventajas del sexo es el desapasionado farmacéutico que vende los condones. Lo que les gusta de España es la facilidad con la que nuestra torpeza ha convertido este país en la gran cafetería en la que, fatigados por el estrés de su riqueza, los alemanes puedan divertirse sin restricciones de consumo, de ruido o de horario. Sospecho que ni siquiera tendrán dudas sobre que somos un país cordial y acogedor, un pueblo casi como el francés, que en la II Guerra Mundial fue capaz de convertir su derrota ante los alemanes en simple cortesía, y la ocupación de Francia, en amable y colaborador mecenazgo. Supuesto que este sea un nuevo modo de guerrear, confiemos en que la gloria le dure a la señora Merkel tanto como en su día le duró a Hitler, que estuvo en París apenas el tiempo necesario para comprender que la amplitud de su despliegue en el fondo sólo iba a servirle para que se le hiciese más dura la retirada. Confiemos en que la señora Merkel sólo habría compartido con el Führer el retrete de caballeros.

José Luis Alvite/larazon.es

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