Cabeza sin rostro

Hay en la intolerancia del integrismo islámico una obvia evidencia de que sus promotores carecen de sentido del humor. Suele ocurrir con todos los pensamientos doctrinales cuando en su codificación la crítica es reemplazada por el dogma. Se trata de un  problema por el que pasó también la Iglesia católica en los oscuros días de su intransigente persuasión oral reforzada por el convincente fuego de la hoguera. Es vieja la tentación de muchas religiones al sentirse atraídas por la idea de suplantar las leyes civiles con el entramado de sus normas y erigirse no sólo en rectoras de los individuos, sino en propietarias del Estado. El integrismo islámico ha extendido la furia de la catequesis y una preocupante demostración de que los totalitarismos religiosos consideran el humor una perversión del pensamiento. Creen que la felicidad no tiene que ser divertida. Además de observar con reparos la belleza, los salafistas prohíben el erotismo de la alegría. Salvo que ocurra con la estricta discreción del canto de los pájaros, abominan de cualquier manifestación musical, lo que significa que pretenden que Mahoma sea un profeta sin fusas y sin corcheas, un ser abstemio y duro de oído, una cabeza sin rostro que concebía la poligamia y el amancebamiento, pero prohibía el solfeo. Oriana Fallaci abominó enérgicamente de ese mundo criminal y oscuro poco antes de morir y yo comparto el fondo del pensamiento de la inolvidable colega. Suscribiría al pie de la letra casi todas sus frases. Oriana defendió su cultura occidental con decencia, esa vieja variante de la valentía, tan en desuso en Europa. El integrismo supone un viaje doctrinal cuyo destino es la sustitución de la imaginación por la obediencia. Yo no podría ser integrista musulmán. A pesar de mi agnosticismo, prefiero los usos y costumbres del Cristianismo. Los cristianos al menos aceptan con humor que a Dios le llames Manolo.

José Luis Alvite/larazon.es

Deja un comentario