Carrillo con piñones

Santiago Carrillo, con un cigarrillo en su habitual pose. DAVID CASTRO

Somos una nación insensata y saqueada, un pueblo que a veces no concibe la diversión sin asociarla con el ruido, con la sangre y el espanto. Somos capaces de perseguir a nuestros enemigos aunque sólo sea para que con el cansancio nos queden luego las fuerzas para descansar abrazados a él. A ese pueblo entusiasta, nocivo y, en el fondo, feliz,  pertenecía Santiago Carrillo, que acaba de fallecer a una edad en la que de muchos personajes sólo permanecen en pie sus estatuas. Conservé durante mucho tiempo una cajetilla de tabaco «Embassy» que me regaló cuando era secretario general del PCE y yo me sentía unido a él por el humo de los cigarrillos que ambos consumíamos con obsesión. En la misma época en la que me encontré con Enrique Líster, el hosco militar de la República que odiaba a Carrillo sin el menor disimulo, reprochándole una personalidad perversa, capaz de los crímenes más abominables. El viejo y rudo Lister también había hecho de las suyas en la guerra y no le tembló la voz al reconocerme en una entrevista que de sus soldados más cobardes él mismo se encargaba de relacionarse sólo con sus cadáveres. Siempre hemos sabido que en los tipos como Carrillo y como Lister eran remordimientos la mitad de los recuerdos, y sin embargo, por alguna extraña razón, lo que en otros políticos solo eran crímenes horrendos, en ellos nos parecía Historia. En el fondo creo que hemos hecho bien al dejarnos arrastrar por esa pizca de cinismo que relativiza el pasado y condona sus errores porque nos consta que los cometieron en días de angustia, de caos y de furia, en un tiempo histórico en el que tal vez ni siquiera había un solo español que no fuese culpable de su inocencia. Carrillo ha muerto y por sus venas ha dejado de correr, como metralla, el espeso hematocrito de aquella sangre con piñones.

José Luis Alvite/larazon.es

Foto de David Castro

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