No lo compres y no lo leas y sanseacabó

 

Salman Rushdie, al preguntarle el entrevistador de El País Semanal si el temor a ofender obliga a poner un límite a lo que cuentan los escritores en sus libros, responde: “Son novelas. ¿Cómo pueden ofender a alguien? La manera de que no te ofenda es cerrándolo. No lo leas ni lo compres. Puedes elegir lo que lees”.

Estas aseveraciones contienen una lógica irrebatible. Es más, encarnan, diría yo, la esencia del espíritu liberal no sólo porque corroboran la facultad que poseen los individuos de decidir libremente sobre sus preferencias sino porque muestran —en el caso, eso sí, de que nadie te obligue a comulgar con expresiones que te son ajenas— que esa mismísima ausencia de obligatoriedad garantiza, en automático, el ejercicio de un derecho: el de leer, por ejemplo, lo que te venga en gana, el de no comprar algo si no te gusta, el de no mirar ciertos programas de tele y, en general, el de determinar, por cuenta propia, cuáles son —en lo que se refiere a libros, revistas, películas y programas de televisión— los que se ajustan a tus principios, tus ideas y tus creencias religiosas.

¿Por qué, entonces, quemar un libro que nunca vas a leer y por qué matar a un cineasta que realizó una película que de todas maneras no ibas a ver? Digo, es como querer controlar las conversaciones de los vecinos de la casa de al lado cuando supones que están soltando calumnias sobre tu persona. Naturalmente, estamos hablando aquí de una charla privada en oposición a una novela que se publica y a un filme que se exhibe en las salas de cine. Es cierto, pero, lo repito, ni la lectura ni la entrada al cinematógrafo son obligatorias. Los brutos islamistas de Musulmania son incapaces de advertir estas diferencias. Qué espanto.

Román Revueltas/mileniodiario

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