Aviación por cable

Aviación por cable

Yo no sabría decir si lo que hizo Félix Baumgartner al saltar al vacío desde 39 km de altura constituye una proeza deportiva, una paja publicitaria o una simple manifestación de temeridad. Lo que tengo meridianamente claro es que yo semejante cosa la haría solo si me atasen con una cuerda y me sacasen de la cápsula por la fuerza. Lo del austriaco fue un prodigio de determinación al ejecutar el salto y de eficacia al caer donde se le esperaba. Al enterarse de la proeza de Baumgartner, mi madre me dijo que no entendía cómo ese tipo pudo acertar con un puntito en la tierra cayendo desde tan alto y durante treinta años a mí me costase tanto acertar de madrugada con el portal de casa. Pero con ser difícil de entender lo mío, verdaderamente me parece aún más increíble que los norteamericanos, un pueblo tan minucioso y tan científico, fuesen capaces de poner a un astronauta en la Luna y con George W. Bush demostrasen su incapacidad para colocar a un hombre inteligente en la Casa Blanca. De todos modos, el ser humano ha prosperado siempre gracias a hombres y mujeres emprendedores y arriesgados, inteligentes y tenaces, tan capaces de inventar la penicilina como de descubrir lo interesante que puede ser la cocina a partir de que se sepa estropear con un soplete los ingredientes del menú. Se trata por lo general de personalidades originales, complejas y envidiables que dejan de lado la mediocridad para que se encarguen de ella los políticos. Son ese puñado de lumbreras los que mueven el mundo y nos hacen más agradable la vida, incluido ese tipo austriaco cuyo mérito es convertir en noticia una manera de caer. Yo pertenezco al resto de la Humanidad, esa inmensa masa demográfica tan útil para alargar las guerras, propagar las epidemias y pagar impuestos. Mi idea de arriesgar es que alguien invente de una vez la aviación por cable.

José Luis Alvite/larazon.es

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