Barcelona, capital

Barcelona, capital

Don Juan de Austria, el ilegítimo, medía ciento noventa centímetros de altura. Ahí está, en el Panteón de los Infantes del Escorial, digno, inmenso, rotundo, entre sepulcros azucarados, a pesar de su bastardía. Su padre, el Emperador, era un tapón, como su hermano, Felipe II, que se tocaba con un ridículo sombrero para disimular la tacañez de su estatura. Felipe II, que tenía muy mala leche, designó a Madrid como Capital del Imperio, desechando Lisboa, con su plaza del Comercio abierta al Atlántico, al Nuevo Mundo, a las lanzas, los trabucos, los oros y los mercaderes. Aquel capricho lo pagamos todos los días los madrileños. Los sepulcros de los Reyes y Reinas de España en el Panteón escurialense están hechos a medida del Emperador Carlos I y su hijo legítimo, Felipe II. De ahí el Pudridero, fase de un cuarto de siglo durante la cual los restos mortales de los reyes yacen sobre cal viva para facilitar, antes de ser instalados en su urna definitiva, la quiebra de sus miembros inferiores. Culpa de los Austria, que a España llegaron rubios y altos, para reinar y posar ante Velázquez en los montes del Pardo con el Guadarrama al fondo. Pero ya Madrid tenía vocación de hervidero. De un lado, el asombro. En una cualquiera de sus plazuelas, y así lo dibujó magistralmente Antonio Mingote en su «Historia de Madrid», podían coincidir sin excesivo pasmo, Quevedo, Góngora, Villamediana, El Greco, Lope de Vega, Cervantes, Tirso de Molina, Francisco de Rioja, Juan de Mariana, Vicente Espinel, Ruiz de Alarcón y, entre todos ellos, el niño Pedrito Calderón de la Barca de la mano de su aya montañesa, pechugona y altiva. Del otro, la bellaquería, la vileza y la violencia de lo que principiaba a ser la gran ciudad que acogía a la Corte. Siglos después, el pueblo, que no la Cultura, la plebe, que no la sabiduría afrancesada, se lanzó a la calle en defensa de quien no lo merecía, y rompió el camino hacia la ilustración que España demandaba. Recordaba todo esto con el gran Arturo Pérez-Reverte en el comedor de «Lhardy», a pocos metros de su «Salón Japonés», donde Isabel II almorzaba de tapadillo con sus bravos jinetes y, con antelación a uno de sus majestuosos galopes, se quitó el corsé y ahí lo abandonó, entre abanicos y camafeos. El Madrid que recibió a Alfonso XII amó a Alfonso XIII y proclamó la Segunda República. El Madrid checa, el Madrid venganza, el Madrid de Franco y el de la Transición. Hoy, el Madrid que sufre más de dos mil manifestaciones cada año, siete por día, sin contar con la Fiesta de la Bicicleta, la del Orgullo Gay, el maratón, la etapa final de la Vuelta a España, y las posibles concentraciones forofas en Cibeles y Neptuno si Real Madrid o Atlético aciertan en la portería contraria. Menuda faena nos hizo Felipe II.
Barcelona es una ciudad prodigiosa, y ese creciente desdén que sienten los catalanes hacia el resto de sus compatriotas –con Madrid, la agobiada y agobiante Madrid de nuestras desdichas como diana principal de su desafecto– se suavizaría notablemente si Madrid le trasladara el honor de la Capitalidad de España. Barcelona siempre ha sufrido con ese matiz de gran ciudad periférica alejada de la Corte, del poder político, de las banderas que ondean en las embajadas, del Congreso, el Senado y las compañías de la Guardia Real presentando armas al Rey en la Plaza de la Armería. Dicho y hecho. Que la faena que nos hizo nuestro Señor el bajito de Felipe II sea subsanada. A Barcelona le sobra grandeza para convertirse en la nueva Capital de España. Eso sí, con sus más de dos mil manifestaciones cada año.

Alfonso Ussía/larazón.es

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