El fogón de la aventura colombina

 

    

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      Estoy muy seguro de que, tanto Olga Lucía, como Sancho, como Leticia (por cierto, Leticia, menudo apellido hermoso, enhorabuena), todos ellos duros críticos del post anterior, estarán de acuerdo ahora, al menos, en el arranque de texto de este nuevo post: El viaje de Colón fue una gesta fascinante, casi casi increíble desde cualquier punto que se mire. Los retos y las incertidumbres de aquella navegación histórica producen auténtico vértigo, en la consideración de los riesgos que asumieron sus protagonistas, imaginamos que los más de ellos ignorantes del alcance en cuanto a eso, a riesgos, de la aventura en la que se metían. No hacía muchos años que había empezado a generalizarse el uso racional y eficaz de la brújula, y de la ballestilla, al poco después. Ambos instrumentos de navegación habían sido introducidos, precisamente, por los navegantes españoles y portugueses, lo que les permitió ser capaces de internarse en el mar mucho más de lo que nunca antes se había hecho.

         Hasta ese siglo XV crucial, los navegantes de todos los tiempos atrás muy pocas veces perdían de vista la costa en sus singladuras, y cuando lo hacían sabían, y preveían, asegurándose bien, que sería por poco tiempo. El problema de la alimentación a bordo, aunque casi siempre extremadamente precario, no era realmente un asunto crucial, de estricta supervivencia. Fondeaban, para proveerse de animales vivos, de vegetales, y fundamentalmente de agua, cada cierto tiempo. No pocas veces hacían el fuego, y dormían incluso, en tierra, y la “aguada” (la reposición de agua fresca) no era casi nunca un problema vital. Pero con la llegada del siglo XV, los portugueses, primero, y los españoles a su zaga inmediata, merced al usos de los instrumentos reseñados y de la ciencia de reconocimiento de las estrellas, empezaron a internarse más allá de la visión protectora de la costa: Azores, Madeira, las Islas Canarias, fueron hitos en ese ensayo general.

 AAA. brújula utilizada por Colón.jpg     (Foto: brújula utilizada por Colón) No tenemos constancia de cuál fue, exactamente, la vitualla de provisiones dispuesta para el Primer Viaje colombino, aunque sí podemos aproximarlo con bastante precisión, por el conocimiento de los usos y costumbres de la época. En el cálculo de Colón, la aventura hacia el incierto destino se iniciaba, realmente, a partir del momento de zarpar de La Gomera. Todo hace pensar que en sus secretos cálculos el viaje debería rondar los veinte días de navegación. Si así hubiera sido al fin, y se hubiera cumplido ese pronóstico, la feliz conclusión de la  singladura ya se habría situado en términos de grave incertidumbre, en particular por lo que atañe a la provisión de agua potable. Muy probablemente confiaba el Almirante en poder reponer algo recogiendo de la lluvia. Pero el cálculo era, en todo caso, extremadamente ajustado; y no digamos si la expedición fracasase, y hubiera que retornar desde un punto de derrota ya avanzado. En realidad, como se sabe, no fueron al fin 20, sino 36 los días de navegación en medio del océano, sin ver tierra, hasta la venturosa e histórica fecha del 12 de octubre de 1492.

         El agua, sin duda, era el problema principal. De ahí que en todos los barcos de aquel tiempo fuera cargo de mucha confianza y respeto el llamado “alguacil de agua”, que ostentaba siempre un marinero con fama de ponderado y justo entre la tripulación, el cual llevaba muy al día un preciso y ajustado estadillo del reparto que se hacía. Dicho reparto -nos cuenta un cronista de la época- se hacía “echando el agua de una tina a boca de escotilla, donde todos la reciban y la vean medir”. Este alguacil, por supuesto, hacía cuanto podía por mantener el agua en condiciones de ser bebida el mayor tiempo posible. Sabía que todos andaban muy preocupados siempre por la reserva que iba quedando, y las circunstancias de su conservación; teniendo con frecuencia que atemperar las inquietudes que se suscitaban, que tantas veces llegaban a verdadera alarma, ya que era por entonces creencia común entre la marinería que el agua “se mareaba” en ocasiones, pues solía enturbiarse durante los primeros días de la navegación para recuperarse después, lo cual no era más que el resultado de su decantación.

    

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     Otro cargo de fundamental responsabilidad para la supervivencia común era el “despensero”, el cual asumía el control y reparto de todos los alimentos embarcados. Entre sus obligaciones estaba la de “repartir primero los bastimentos que estén cercanos a corromperse para que se gasten los primeros, proveer que nadie se quede sin ración, y pesar y medir bien lo que diere sin que le quite al marino nada de lo que le toca”.          Se guisaba en un fogón, colocado en el castillo de proa y constituido por una gran bandeja de hierro, sobre la que había arena y, encima, el fuego de leña. Este fogón se encendía al amanecer y permanecían sus brasas animadas todo el día. Era el contramaestre, al ponerse el sol, el encargado responsable de apagarlo completamente.

         Y qué se guisaba. Qué almacenaban aquellas precarias bodegas. Pues, en cuanto a carnes, siempre secas y curadas, fundamentalmente tocino salado, además de “tasajos de cabrones, quartos de oveja, vaca encecinada,…”. Si pescados, también siempre secos, ahumados, o en salazón, sardinas, anchoas, o arenques de barril. Verduras se cargaban cuantas se podía al zarpar, con buena provisión, hasta que se agotaban; y así también algunos animales vivos, que solían disponerse en cubierta, pero en muchas ocasiones el movimiento del barco hacía que se rompiesen las patas, lo que forzaba a sacrificarlos prematuramente; y tampoco las aves (gallinas y ocas) y los conejos soportaban bien el mar, por las condiciones en que eran transportados.          La base esencial de la dieta marinera de aquellos tiempos era lo que se conocía como “bizcocho”, o también “galleta”, que venía siendo una especie de pan muy especial por lo adecuado para la circunstancia; una torta seca, sequísima, que se había sido elaborada en tierra con una doble cocción, al objeto de deshidratarla lo más posible y prolongar así al máximo su durabilidad. Resultaba duro, durísimo, y para poder hincarle el diente era obligado remojarlo con vino, o con vinagre.

  

AAA. carabelas en Palos.jpg (Réplicas de las tres Carabelas, en el puerto de la villa onubense de Palos de Moguer, o, por mejor precisar, de Palos de la Frontera)

       Capítulo también esencial y básico de aquella despensa a bordo eran las legumbres secas, particularmente garbanzos, guisantes y habas. Con ellas, y la carne rehidratada con agua de mar, se elaboraban los guisos de cada día, siempre y cuando el estado de la mar lo permitiera. En todo caso, con el paso de los días de navegación y la propia insalubridad de la bodega, húmeda y atestada de ratas, el deterioro de todos estos alimentos era rapidísimo. Según nos cuenta un cronista de aquel tiempo, durante el cuarto viaje de Colón “las comidas se hacían sólo de noche para que no se vieran los gusanos o insectos, cocidos o vivos, que venían con el pan y con la menestra”.

         En fin, pobrecillos; tanto como valientes y audaces, que abrieron con su increíble aventura el horizonte de la civilización y el conocimiento a una nueva dimensión, extraordinaria e histórica.

Fuente: http://www.abc.es/blogs/curiosidades-gastronomia

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