La felicidad llama

La felicidad llama

La felicidad parece estar al alza: como concepto, proyecto, instante, tema, esperanza, promesa o, incluso, obligación. Yo, que casi no pienso en ella, por lo menos la veo rondar no mi vida, pero sí mi escritorio a través de diversos títulos que la invocan, la examinan y la exaltan como si se tratase de algo a la mano, explícito y tangible.

Debería estar contagiado de feliz optimismo sólo de ver las portadas deMomentos de inadvertida felicidad, de Francesco Piccolo (Anagrama);Felicidad sostenible. Claves para un nuevo proyecto de vida en el siglo XXI, de Alberto Zuazua (Paidós); El buen libro. Una Biblia humanista, compilada por A.C. Grayling (promovida por la editorial Ariel como “una valiosa guía para todo aquel que desee vivir una vida plena, buena y activa”); Mente, compilación de John Brockman y editado por Crítica (donde “los principales científicos exploran el cerebro, la memoria, la personalidad y el concepto de felicidad”), y el número 68 de la revista tapatía Luvina, que en su entrega otoñal destaca como tema central la felicidad, para lo cual convocó a Vicente Quirarte, Adriana Díaz Enciso y Ana García Bergua, entre otros.

Ante todas estas novedades me pregunto: ¿existe la felicidad? De seguro sí, pero hay que estar muy triste para advertirla, envidiarla o verla desfilar cuando le sonríe al prójimo y a nosotros nos desdeña. Por el contrario, cuando no la vemos, no pensamos en ella y menos aún nos preocupa su paso; tal vez somos felices sin saberlo. Así, la mejor y más común forma de ser feliz es en medio de una suerte de inconciencia, porque en el momento en que vemos las cosas como son, reflexionamos o nos preguntamos algo, la felicidad se esfuma.

Hace unos años, Darrin M. McMahon ensayó Una historia de la felicidad (Taurus, 2005). Entre otras motivaciones para emprender tan ambiciosa obra tenía, sin duda, la apreciación de Hegel con la que arrancaba su prólogo: “La historia puede contemplarse desde el punto de vista de la felicidad, pero la historia no es la tierra en la que la felicidad crece. Los periodos de felicidad son las páginas en blanco de la historia”.

De ahí que en algunas sociedades felices (con los más elevados estándares de calidad de vida y renta per cápita) los periódicos sean aburridos y las tormentas de nieve sean la mayor desgracia que puede ocurrir (si descontamos, claro, a dos o tres asesinos de inmigrantes o seriales). Sin embargo, inexplicablemente, todo el tiempo alguien rompe la tranquilidad de esos mundos quitándose la vida. Acaso algunos de estos suicidas tenían tantas cosas para ser felices que sólo les faltaba una: la felicidad de no estar aquí. Es una posibilidad.

León Tolstoi sentenció que “todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada”. Entre las primeras, el asunto es que nadie descubra su felicidad (o su parecido con las demás); las segundas, en cambio, ya perdieron la inocencia.

Por cierto, hasta antes de dejar atrás la edad de oro inocencia es un sinónimo de felicidad. La lógica de esto es que cuanto menos sabemos de las atrocidades del mundo y de la vida, más felices somos. Y nadie lo puede negar. El que dice “no tuve infancia” por no decir “no fui feliz”, sabía más de la cuenta para un niño de su edad.

De ahí que de los títulos que arriba mencioné, el más candoroso y fresco sea el de Francesco Piccolo, Momentos de inadvertida felicidad, que tiene como principio la exhibición de muchos de esos episodios cotidianos que, si son realmente tomados en cuenta, constituyen la felicidad. Y hay tantos ejemplos con los que nos identificamos en este libro, que no cabe más que pensar que la felicidad está en todas partes y que sólo hay que tener un poco de disposición para encontrarla. Es, pues, un problema de actitud; el mundo no puede estar mal, basta con quererlo ver con otros ojos para que cambie…

Para un escéptico como yo (y me ha hecho muy feliz serlo), esto resulta demasiado empalagoso. El texto de Piccolo me divierte en más de un sentido, pero creo que su capacidad para encontrar la felicidad hasta debajo de las piedras es muy sospechosa.

El autor es feliz, por ejemplo, con la escena de una película infantil: “El encuadre en plano general de la proa de la nave, con esos cuatro pingüinos que han nacido y vivido en el zoo de Nueva York, y que han conseguido alcanzar la Antártida por primera vez en sus vidas, y la miran, en silencio. Al final, uno de ellos dice: «Pero qué asco».

“Y entonces deciden irse a Madagascar”.

¡Uy, qué felicidad!

Ariel Gonzalez Jimenez/mileniodiario

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