Oaxaca en la historia de México

Oaxaca en la historia de México

La escritura fue inventada de forma independiente nada más en dos lugares en el mundo: Mesopotamia y Mesoamérica (quizá también Egipto y China, aunque es posible que los jeroglíficos y los caracteres hayan sido en su origen inspirados en los signos cuneiformes de Mesopotamia). El resto de las civilizaciones que desarrollaron escrituras en la historia de la humanidad copiaron, adaptaron o basaron sus sistemas en otros que los precedieron. Entre las escrituras de Mesoamérica, la más estudiada de todas es desde luego la de los mayas del Periodo Clásico. Pero los mayas no inventaron su escritura: la desarrollaron a partir de textos más antiguos, escritos por los predecesores de los zapotecas del sureste de México. El texto más antiguo en Mesoamérica, en efecto, que data de alrededor de 600 antes de Cristo, fue descubierto en los Valles Centrales de Oaxaca. Y ahí también están grabados sobre las piedras algunos de los glifos más antiguos y más célebres de América, en el Templo de los Danzantes de Monte Albán.

No es casualidad que, en Mesoamérica, la escritura haya sido inventada en lo que es hoy el estado de Oaxaca. Ahí también fueron por vez primera domesticadas las plantas del maíz, el frijol y la calabaza. La escritura tiene, en sus orígenes, una relación estrecha con la agricultura: los primeros textos surgieron para registrar el fruto de las cosechas. Las cuevas prehistóricas de Yagul y Mitla, en los Valles Centrales de Oaxaca, son uno de los sitios de México inscritos más recientemente en la Lista del Patrimonio Mundial de la Unesco. El sitio comprende una serie de refugios rocosos y cuevas prehistóricas: en los refugios han sido hallados restos de utensilios y vestigios de pinturas que dan testimonio de la vida de los primeros agricultores en Mesoamérica y en las cuevas, a su vez, han sido encontradas semillas extraordinariamente bien conservadas de frijoles y calabazas de diez mil años de antigüedad, así como las más antiguas espigas de maíz jamás halladas en el continente (en la cueva de Guilá Naquitz). “Ellas constituyen los restos más tempranos de plantas domesticadas descubiertos hasta la fecha en el continente americano, así como espigas de maíz que son uno de los más antiguos testimonios de la domesticación de esta planta. El paisaje cultural de las cuevas de Yagul y Mitla pone de manifiesto el vínculo entre el hombre y la naturaleza que dio lugar a la domesticación de las plantas en la América Septentrional y abrió paso al desarrollo de las civilizaciones mesoamericanas”, afirma la Unesco en su portal del Patrimonio Mundial. Esos hombres fueron los ancestros de los mixtecas y zapotecas que fundaron las ciudades de Mitla, Yagul y Monte Albán (cuyo tesoro —el de la tumba 7, descubierto por Alfonso Caso, hoy en el Museo de Santo Domingo— es el más importante de todos los encontrados hasta la fecha en América).

La ciudad de Oaxaca, heredera de este pasado, fue fundada en 1486 con el nombre de Huaxyacac —que significa en náhuatl en la nariz de los guajes— por un destacamento de mexicas enviados por Ahuizótl. Los conquistadores Francisco de Orozco y Pedro de Alvarado fueron enviados allá poco después por el capitán Hernán Cortés, quien adoptó el título de Marqués del Valle de Oaxaca. La población obtuvo el título de villa en 1526 y el rango de ciudad en 1532, y fue erigida en obispado el 21 de junio de 1525 por el papa Paulo III. Los dominicos, responsables de la evangelización, levantaron los conventos de Yanhuitlán, Coixtlahuaca y Cuilapan, además de Santo Domingo en Oaxaca. La región, a pesar de no tener minas ni haciendas de renombre, fue una de las más ricas de la Colonia. “Había un artículo que desde tiempo atrás había tomado colosales proporciones”, escribió el historiador don Manuel Martínez Gracida. “Era el de la grana”. La cochinilla de nopal, cultivada por todos los indígenas, sobre todo en la Mixteca, fue uno de los productos más valiosos de la Nueva España. Llegó a su auge a finales del siglo XVIII, dando pie a una sociedad próspera y refinada, con fuerte presencia indígena. Es el momento en que llegan al mundo los oaxaqueños que transformaron México.

La ciudad de Oaxaca tenía una población de menos de 20 mil habitantes en la víspera de la Independencia. En esa población, una población que basaba su prosperidad en el comercio, celosa de su independencia y recelosa del centro, y por lo tanto proclive al liberalismo, crecieron los hombres de la generación oaxaqueña del 57: Benito Juárez, Marcos Pérez, Ignacio Mejía, Porfirio Díaz, Matías Romero, Justo Benítez, Ignacio Mariscal. Todos estudiaron en el Seminario Conciliar de la Santa Cruz y, más tarde, en el Instituto de Ciencias y Artes, cuna de la generación oaxaqueña del 57. Lucharon contra la Intervención y contra el Imperio, y construyeron las bases en las que fue fundada la República. Enfrentaron una situación terrible, infinitamente más de lo que podemos imaginar hoy. “Pero los hombres que estaban al frente de la situación tenían la costumbre de ver el peligro de frente, habían luchado contra la reacción cuando estaba más poderosa con los recursos del clero y con las espadas de los militares más aptos”, escribió Ireneo Paz. “Eran valientes hasta la temeridad, eran serenos, eran firmes, eran tenaces, y estaban engreidísimos con el mando, de modo que no había forma de que se desmoralizaran, ni decayeran, ni temblaran por más grandes que fueran los peligros que se amontonaran sobre sus cabezas”. Fueron esos hombres, encabezados por un grupo de oaxaqueños, sobre todo dos, Juárez y Díaz, los constructores del México que surgió en el siglo XIX. Y en muchos sentidos, los constructores del país que conocemos hoy.

*Palabras pronunciadas el 12 de octubre pasado en la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca, como parte de las conferencias Oaxaca en el debate nacional.

Carlos Tello/mileniodiario

Deja un comentario