Pañuelo de llorar

Pañuelo de llorar; por José Luis Alvite

Al margen de que encuentre discutibles algunos de sus puntos de vista sobre cuestiones que él mismo considera anecdóticas, no podría negar mi admiración por el entusiasmo que pone Juan Adriansens al desarrollar su visión de la cultura, la fogosidad de sus viajes pedagógicos por la Historia, ni cuestionar esa emotividad suya que tanto dice de la fuerza pasional del Arte cuando es analizado por alguien que, como él, puede resultar docente y erudito sin renunciar a ser también emotivo. Precisamente en una de sus intervenciones en el programa de Julia Otero en Onda Cero, a propósito de su admiración por Barbra Streisand, se quejó el otro día de la propensión de ciertos críticos a menospreciar la emotividad como baremo para medir el impacto del hecho artístico. La actitud de Adriansens me reconcilia con la idea de que el conocimiento exhaustivo del Arte no tiene por qué ser excluyente de las emociones que produce, incluso si por falta de recursos expresivos, por libre decisión, o por simple capricho, una de esas emociones desemboca en el llanto. En efecto, en el acercamiento al Arte pueden darse juntas la fría objetividad analítica y la intensa observación pasional, la forense actitud algebraica de quien desmenuza el arte en cartesiana geometría y la de aquellas otras personas que recorren la sala de exposiciones llevando en la mano el pañuelo de llorar. Yo no sabría decir cuántas octavas registra la voz de Barbra Streisand, ni analizar técnicamente su tesitura o su timbre, pero pienso, como Adriansens, que la emoción que me produce es suficiente para explicar lo que su garganta y su buen gusto representan para mí. Allá los críticos con sus profilácticas opiniones de casino de caballeros y ese maldito prejuicio frente a las emociones. No sé qué pensará al respecto Juan Adriansens, pero a veces las conquistas más sublimes y aromáticas del Arte surgen sin pudor en el infame instante emocional de la defecación.

Jose Luis Alvite/larazon.es

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