Pensamiento con heces

Pensamiento con heces

Están cerca los días de la abundancia en los que a muchos españoles les preocupaba su peso, sentían repulsión al verse en el espejo y no les importaba el ayuno con tal de adelgazar. Lo que muchas mujeres dejaban de comer por estar a dieta se convertía en grasa en los cuerpos de sus perros. Muchos españoles hicieron verdaderos esfuerzos para evitar la tentación de comer y aquellos quilos que no lograban perder con el sacrificio de la dieta, los aligeraban con verdadero esfuerzo en la rutina del gimnasio. El caso es que todos conocemos a personas que en los días de la abundancia gastaron un dineral en el suplicio de no comer. ¡Qué ironía la de la opulencia! Como la apariencia era para nosotros más importante que el pensamiento, el dinero que ahorramos en leer nos lo gastamos alegremente en aquellos productos farmacéuticos que nos ayudarán a sobrellevar con alegría, y aunque sólo fuese con estoicismo, el objetivo carísimo de adelgazar, es decir, el lujoso capricho de no comer. Ahora somos un país en una situación económica distinta y nos preguntamos cómo pudo ocurrir aquello. Muchos españoles necesitan estos días para comer el dinero que aquella generación se gastó a manos llenas en la frivolidad histórica de pasar hambre. El botiquín de los medicamentos es ahora menos necesario que los alimentos que por desgracia no hay en la nevera. Para muchos españoles, el hambre ha dejado de ser un capricho para convertirse en un castigo. Ése es el gran reto para los políticos que nos gobiernan: habrán de entender que las ideas que nos lleven a los ciudadanos a las urnas no son ahora más importantes que las cosas que nos obliguen a pasar antes por el retrete. En tiempos de hambre, una idea sólo es buena si influye en nuestras heces.

José Luis Alvite/larazon.es

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