¿PORQUE LOS MEXICANOS SOMOS HIJOS DE LA CHINGADA?

¿PORQUE LOS MEXICANOS SOMOS HIJOS DE LA CHINGADA?
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Existe un gran mito mexicano que es importante derribar por completo; el de la traición misma hecha mujer, personificada en ese mítico ser al que hoy llamamos La Malinche; traidora por excelencia según se nos dice, pues se puso del lado de los extranjeros en vez de estar en el bando de su propia patria.

Cuando se nos cuenta esta versión, se nos dice una mentira con premeditación, alevosía y ventaja por parte de los historiadores de quincena: Malintzin jamás traicionó a una patria mexicana, ya que ésta no existía, y si hablamos de una “patria azteca”, resulta que Malintzin era de Tlaxcala, ese pueblo que vivió en eterna guerra con los aztecas y obligados a pagar tributo en forma de sangre, de prisioneros para los sacrificios humanos y el canibalismo ritual; todo a través de las llamadas guerras floridas.

Pero en nuestra visión histórica, que busca siempre al villano traidor causante de todos los males, los tlaxcaltecas juegan ese rol en la conquista; se nos dice que son los que lucharon junto al extranjero conquistador. Pero toda esta ridícula versión sólo se sustenta si previamente se acepta que los aztecas eran México. Si por el contrario, se entiende que en Mesoamérica había decenas de pueblos distintos, con diferentes idiomas, costumbres, historia, orígenes y religión, que se hacían la guerra, que luchaban por territorio, y que nunca hubo nada parecido a un país; entenderemos entonces que no había patria a la cual traicionar.

¿Por qué la obsesión de presentar a La Malinche como esa gran traidora?; esto se debe a esa visión que hemos desarrollado, en la que toda nuestra gloria y grandeza es destruida por un villano individual que traiciona a toda la patria. Malinche encabeza dicha lista, que pasa por Santa Anna, incluye árbitros de futbol, y hasta el momento termina con Salinas…, hasta que encontremos un nuevo culpable de nuevos problemas, pero la traidora original y causa de nuestra caída, como en la Biblia, es una mujer… ¡dejaría de estar la historia escrita por hombres!

Claro que además, Malintzin cometió el pecado y osadía de entregarse al infame conquistador, con lo cual su traición es absoluta y mayúscula, ¿pero qué opciones tenía una prisionera esclava entregada como ofrenda?, ¿tendría Malintzin la oportunidad de elegir bando? Eso es poco probable, y aún así, de haber tenido la opción de elegir, es muy posible que hubiera decidido unirse para luchar contra el pueblo que oprimía al suyo.

Pero nos dicen que esa Malintzin prefirió sexualmente al blanco, al extranjero, al de fuera, a uno que no era “de los nuestros”; es la máxima traidora, pues, como señala Octavio Paz, se rajó, literalmente se “abrió” ante el conquistador; es, como señala Paz, nada más y nada menos que la auténtica “Chingada”…, literalmente, y no es peladez, pues cito a un Nobel de Literatura, se la chingó Hernán Cortés.

Dentro del lado oculto de la historia, poco o nada se nos dice que el señor Cortés también tuvo por lo menos un encuentro carnal con la hija del Señor Moctezuma, cristianizada como Isabel de Moctezuma, y que de ese encuentro también hubo un fruto, en este caso una niña, llamada Leonor Cortés. Resulta entonces que Isabel de Moctezuma se entregó por igual, se “abrió” de la misma forma, y por usar las metáforas del gran don Octavio Paz, también es la “Chingada”…, y además por el mismo personaje.

Ahora bien, como en realidad la historia está llena de simbolismos, resulta que Cortés y “La Malinche”, cristianizada como Doña Marina, al procrear a Martín Cortés, tuvieron al primer mestizo oficial, aceptado, reconocido y registrado; son por lo tanto el símbolo del origen del mestizaje que hoy somos.

Adán y Eva de nuestra patria; si Cortés es por lo tanto el Padre de México, y como todo vástago requiere también de una madre, ésta no puede ser otra más que la Malinche. Así pues, ahí está la pareja fundadora, con lo que todos los mexicanos venimos a ser hijos del conquistador, y por tremendo que resulte, hijos de la Chingada.

La otra “Chingada”, Isabel de Moctezuma, vivió como princesa y su descendencia viajó a Madrid para exigir que se reconociera su linaje y su nobleza. Lo logró, se le dio a su familia el título de Condes de Miravalle, y se les reconoció la propiedad del Valle de México, por lo que el gobierno virreinal se obligó a pagar una renta anual a la familia Moctezuma.

Como dato cultural, esta descendencia se quedó en España, nada conquistados, ostentando sus títulos, y recibiendo una rentita anual por el uso que Nueva España hacía del Valle de México. Sus descendientes viven hasta la fecha, y pretenden, por cierto, que el gobierno mexicano siga asumiendo ese gasto. Podemos quedarnos como consuelo, eso sí, que por la forma en que se dieron las cosas, y la partida a España de los hijos de Isabel de Moctezuma…, allá también hay hijos de la Chingada. Gracias de nuevo a Octavio Paz por la licencia literaria.

Pero además, Malinche como mito representa toda una actitud mental del mexicano promedio; una relación de admiración-odio-temor a la mujer…, por eso el mexicano venera a su madrecita santa como Los Tres García veneraban a su abuela, que fue por cierto, como buena mujer, quien los educó como machos mexicanos.

Así fue como quedamos como pueblo huérfano: nuestro padre es Hernán Cortés, pero lo odiamos y renegamos ese origen; nuestra madre es Malinche, infame traidora chingada por el conquistador, razón por la cual la repudiamos también. Por eso una mentada es un gran insulto, pues le deseamos a alguien que le haga a su madre lo que el conquistador hizo con Malinche…, y también por eso nos inventamos una nueva madre para todos: la virgencita.

Así el mexicano sustituyó a su madre violada por una celestial madre inmaculada, que NUNCA podrá ser chingada, ya que sólo vive en nuestros sueños, donde se mantiene siempre impoluta…, y como la madre es quien determina al estereotipo femenino en el hijo, el macho mexicano busca “mujeres de moral distraída” para divertirse y probarse a sí mismo y sus cuates su virilidad, pero a una virgencita para hacer su vida y tener hijos.

La mala noticia es que hay un solo camino para tener hijos, por eso el macho prueba su virilidad con todas menos con su mujer, porque a ella “la respeta”, y de ahí que, una vez con hijos, la mujer deja de ser esposa, compañera o amante y se convierte en “la madre de mis hijos”. Pero como toda madre debe ser virgen como nuestra eterna madrecita, la esposa recupera mágicamente su virginidad, pues ya no es esposa sino madre, y como señal de “respeto” el macho le es infiel a su mujer, ya que “esas cochinadas” no las hago con “la madre de mis hijos”… ¿y entonces cómo se hizo madre desde un principio?

Este misterio de la naturaleza nos lleva a la conclusión de que en México todos somos hijos de una madre virgen, y de que parte de la abnegación de la madre esté en renunciar a su sexualidad (por lo menos con su marido, que la está respetando). Así de torcida está la mente del mexicano promedio, que venera a la mujer virgen, la exalta y la colma de regalos y piropos encaminados a quitarle su virginidad…, para luego despreciarla por haber cedido. Algo así como “la mujer que esté dispuesta a acostarse conmigo no es digna de ser mi mujer”. Por algo la canción ranchera es una combinación de exaltación y vilipendio de la mujer al mismo tiempo. Tal vez el día que el pueblo mexicano pudiera someterse a un psicoanálisis comprendería y aceptaría que, por razones naturales, todos somos hijos de la Chingada…, tal vez entonces deje de llevarnos la IDEM.

Juan Manuel Zunzunegui

http://www.lacavernadezunzu.com

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