Salto al vacío para la Historia

Felix Baumgartner rompe la barrera del sonido en caída libre al alcanzar los 1.173 km/h desde la estratosfera

Salto al vacío para la Historia

Madrid- Mismo escenario, idéntico protagonista y, de nuevo, una locura irrealizable. Tras la cancelación de la misión el martes, muchos ayer no podían evitar el escepticismo ante los nuevos retrasos que parecían anticipar un aplazamiento sine die. Sin embargo, Felix Baumgartner no decepcionó y se «lanzó». Y nada más poner el pie en el suelo de Ros-well (Nuevo México), y a falta de que los resultados sean ratificados por tres expertos independientes, trajo consigo tres récords bajo el brazo: el vuelo en globo tripulado más alto, concretamente desde la estratosfera, con una altitud de 39.045 metros; la caída libre desde mayor altura, también desde 39 kilómetros; y ser el primer ser humano en alcanzar la velocidad supersónica en caída libre, con 1.173 km/h. Sólo se le escapó una hazaña: la caída libre más larga de la historia, fijada en 4 minutos y 36 segundos, al quedarse en 4 minutos y 19 segundos. Muchos se habrán percatado de que, en condiciones normales, la velocidad del sonido es de 1.234 km/h; sin embargo, estábamos en la estratosfera, donde la resistencia del aire es menor y, por tanto, puede superarse ese límite al alcanzar los 1.110 km/h.   De esta forma, el equivalente «terrestre» de la velocidad alcanzada por Baumgartner sería de 1.342 km/h –373 metros por segundo–. Así  culminó la misión Red Bull Stratos, auspiciada por la marca de refrescos, que ha conseguido rizar el rizo en el patrocinio de los deportes extremos.

«Esto es serio, Joe»
El suspense se mantuvo hasta el final. Y es que los responsables de la misión no las tenían todas consigo después de los problemas del martes. Más que por los riesgos que podía correr Baumgartner, los miedos venían por el viento. En los primeros 244 metros, las rachas de viento no deben superar los 3 km/h si se quiere obtener un lanzamiento óptimo. Sin embargo, a las 10:55 GMT, alcanzaban los 11 km/h. «Hay un 70% de posibilidades», decía Don Day, meteorólogo jefe del experimento. Horas antes, el protagonista calentaba motores: «Queremos extender los límites de la humanidad un poco más», decía Felix a los medios. Así, se produjeron dos retrasos hasta que, finalmente, a las 14:45 GMT, el deportista austríaco, de 43 años, comenzó su ascenso después de que su globo se llenara de helio.

La sala de control de Red Bull Stratos estalló en aplausos, en la tradición de las misiones Apolo. Todos soltaron un suspiro de alivio: una nueva cancelación hubiera supuesto posponer el proyecto hasta la primavera. La madre del protagonista, Eva, rompía a llorar mientras se alzaba la cápsula presurizada, transportada gracias al enorme globo de 80 metros de diámetro.

«Esto es muy serio, Joe», decía Baumgartner a su contacto en tierra, Joe Kittinger, ex oficial de la USAF. Mejor contacto era imposible: Kittinger era el hombre al que tenía como objetivo batir, pues ostentaba el récord de caída libre a mayor altura –31.332 metros– y aún mantiene el de caída libre de mayor duración –4 minutos y 36 segundos–. Aquella proeza se produjo hace 52 años.

Fase peligrosa
No lo pasó bien al principio el austríaco. Mostraba nerviosismo por algunos problemas en el control térmico de su casco. «No siento el calor… Surge una bruma cuando exhalo», decía. Pero poco a poco, fue mostrando el aplomo que le ha hecho célebre. Y también su madre –arropada por el padre y la novia del deportista–, que no tardó en mostrarse sonriente ante las cámaras que mostraban en todo momento a te- lespectadores de todo el mundo la ascensión de la cápsula. Mientras, el aparato ascendía a una velocidad de 6 metros por segundo, aunque a medida que incrementaba su altitud, se reducía a los 4 metros.

En poco más de una hora superó el llamado «límite Armstrong», marcado en 19.000 metros, una altura en la que la presión atmosférica es tan baja que los fluidos corporales empiezan a hervir. La misma serenidad mostró  a los 27.000 metros, con 50 grados bajo cero en el exterior. Con todo, su complejo traje, de 45 kilos de peso, mantenía los niveles de presión y oxígeno adecuados.

A las 20:05 hora española, el mundo contuvo el aliento.  Entre otros, los internautas de YouTube: 7,1 millones de usuarios permanecían conectados, muy por   encima de los 500.000 que presenciaban la inauguración de los Juegos Olímpicos de Londres.  Tras superar los 39.000 metros, Baumgartner abría la escotilla y se lanzó. Adquirió la posición delta, en forma de «v», para generar la mínima fricción posible. «¿Podéis oírme?», decía jadeante, mientras que los aplausos se iban sucediendo a medida que los récords iban cayendo. En algunos momentos parecía que perdía el control durante el trayecto. Sin embargo, su familia suspiró de alivio cuando vio cómo Felix abría el paracaídas. Tardó 16 minutos en tocar el suelo, con un aterrizaje tan limpio como elegante. Rodillas en tierra, no pudo reprimir un gesto de victoria. Casi como el que pudo haber hecho Chuck Yeager, aquel piloto que, hace ahora 65 años, rompió con su caza la barrera del sonido.

Maestro y alumno
«Joe se ha ganado que su récord siga después de 52 años», dijo ayer  después de enterarse que su «maestro» Kittinger continuará poseyendo la marca de la caída libre más duradera, informa Efe. Tampoco pareció obsesionarle al austríaco el hecho de que su marca –que podría haberla conseguido en los primeros 40 segundos– tenga que ser aún revisada. De hecho,  no sintió el llamado «golpe sónico». «Creo que pasa detrás de uno, pero  estaba demasiado ocupado», dijo.

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