Sostiene Moreira

Sostiene Moreira

A Humberto Moreira Valdés se le vio actuar como un político inquieto venido de provincia y al principio de su carrera tenía fama de ser una persona de buenas maneras, dialogante y de aceptable formación política. Muchos supimos de él porque trabajó con Gilberto Guevara Niebla en la SEP. Gilberto, hasta la fecha, siempre lo pondera como un amigo y funcionario.

Maestro normalista, licenciado en Educación, Humberto Moreira Valdés fue secretario de Educación del gobierno de Coahuila; apegado a Elba Esther Gordillo (a quien llegó a referir como su “madre”) fue alcalde de Saltillo y luego gobernador del estado.

Su buen gobierno le permitió dejar sin problemas como sucesor en Coahuila a su propio hermano. La exitosa carrera le dio las credenciales para encabezar como presidente del PRI, supuestamente, a los nuevos priistas que remitían del pasado de su partido, y fue de los que sembraron la idea de que una nueva generación de priistas haría regresar a este partido al poder federal.

Lo cierto es que con Moreira se inició el proceso de recuperación del PRI. No duró un año en el cargo porque siendo el líder de su partido, en momentos claves para el impulso de la candidatura de Enrique Peña Nieto, explotó el escándalo del endeudamiento en que dejó a su estado.

Moreira no resistió mucho tiempo. Para los parámetros de resistencia cínica que muestran algunos políticos, la verdad es que se fue pronto del cargo. Hizo algunos intentos de recuperarse, pero la campaña mediática lo convirtió un político, además de vulnerable, inseguro. Su táctica pugilística y heterodoxa funcionó efímeramente, y ésta careció de sentido cuando vivía acosado y a la defensiva por los medios. Como presidente del PRI se volvió necesariamente prescindible.

Luego de renunciar a la presidencia del PRI, lógicamente se alejó de la política y de los medios de comunicación; pero en la campaña sucia contra el PRI, su nombre aparecía como uno de los ex gobernadores que el gobierno panista enviaría a la cárcel. Los rumores que circulaban hablaban de que había huido del país.

En este tiempo supimos de dos o tres apariciones públicas intrascendentes, hasta que hace unas semanas mataron a su hijo, José Eduardo Moreira Rodríguez. Se difundió pronto que lo mataron por la traición de un jefe de policía, de un policía empleado de los narcotraficantes quienes así hicieron hacer valer la ley del Talión. Mataron por venganza y porque tienen capacidad de hacerlo. La acción fue un parte de guerra del gobierno de Calderón. Un muerto más, otro de sus muertos, otro que se añade a la estadística macabra de su sexenio agonizante.

Pero Humberto Moreira, padre, ha sostenido públicamente y sin vacilaciones que se trató de una venganza por la ejecución de uno de los hijos del Z 40. Ha hablado en los días más cruentos del tormento que sufre el que pierde a un hijo. El dolor del desgarre, del sufrimiento primario de una herida que se sabe que nunca cerrará.

Ha dado una, varias entrevistas en las que ha denunciado a los empresarios coludidos con el narcotráfico. “Cerdos, pónganse a temblar…” ha dicho con voz trémula. Espera justicia, no venganza.

La voz de Moreira, sus palabras han sorprendido: Llevan a pensar que tal vez el político no reflexionó o no le importó su futuro como tal; que no hizo caso de su pasado, ni tasó las lecciones de la ética de un padre frente a las lealtades de la hermandad.

¿Qué tanto estos actos de Moreira pueden ser ejemplos humanos? Uno no quiere pensar por nadie, no tenemos derecho, sino creer que en esta historia que estamos viendo, el principal protagonista es capaz de dejar algo más que el hecho del dolor o la recepción de manifestaciones compasivas que se revalidarán siempre frente al padre que es la víctima.

En la novela de Antonio Tabucchi, Sostiene Pereira, Pereira es el periodista que sufre el asesinato de un amigo y colega del diario en su propia casa por parte de la policía de la dictadura de Salazar; ante este hecho cobra conciencia de lo que verdaderamente está pasando en su país y decide hacer la denuncia del asesinato y del propio régimen. Se decidió a arriesgarlo todo: abandona su país, sus raíces, va en búsqueda de la libertad.

No quiero hacer paralelismo alguno. Ésa es una novela y aunque sea como la vida misma, es ficción.

Lo cierto es que a Humberto Moreira, la vida —aquí con todo su sentido trágico— a través de la muerte de su hijo José Eduardo, le ha dado una segunda oportunidad. El sacudimiento que debe provocar la muerte de un hijo no puede ser menos que eso. La denuncia con la que ha empezado la revisión del pasado vivido, y a partir de ello la construcción de un nuevo futuro, son parte de esa segunda oportunidad.

Jorge Medina Viedas/mileniodiario

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