Un poema en el Metro

 Un poema en el Metro

El cronista, que gasta por lo menos una hora de las veinticuatro de cada día viajando en el sistema de transporte urbano, se preguntaba porqué los poetas mexicanos no escriben poemas acerca del Metro, y he aquí que ayer en la tarde, en un vagón de convoy de la línea 3, un joven declamador itinerante se puso a declamar los siguientes versos que dijo suyos:

“Desventurados los que divisaron/ a una muchacha en el Metro/ y se enamoraron de golpe/ y la siguieron enloquecidos/ y la perdieron para siempre entre la multitud/ Porque ellos serán condenados/ a vagar sin rumbo por las estaciones/ y a llorar con las canciones de amor/ que los músicos ambulantes entonan en los túneles/ Y quizás el amor no es más que eso:/ una mujer o un hombre que desciende de un carro en cualquier estación del Metro/ y resplandece unos segundos/ y se pierde en la noche sin nombre.”

Al cronista le simpatizó el poema y le compró al joven, en cinco pesos, una hojita con “la letra” (así dijo el joven, como si se tratara de la de un bolero). Al pie de los versos se leía: “por Pedro Martínez Urría”.

Anoche el cronista le telefoneó el poema a su amigo Andrés Marceño, erudito en poesía de varias lenguas y países, y:

—Ese jovenazo te estafó —dijo Marceño, tras exhalar humo “en osctosílabos”—. El poema, que, en efecto, no está mal es de un chileno y buen poeta menor aunque no poco premiado nacional e internacionalmente, quien, si aún vive, tendrá setenta y cinco años y que no hace mucho visitó conmigo las pirámides de Teotihuacan cuyas escaleras calificó de vertiginosas en una oda, pues, mareado, estuvo a punto de caer de la más alta. El poeta chileno se llama Óscar Hahn y el jovenazo del Metro es un plagiario.

Y el cronista le respondió a Marceño:

— Andrés, no estoy de acuerdo. El poema es, según dices, de Óscar Hahn, pero ya también es de su declamador del Metro, y mío, y tuyo, y de todos los que alguna vez, o muchas, fuimos fascinados por una viajera que se bajó de un vagón, que se alejó para siempre por el andén, entre la fugaz multitud, y que, como en la letra de un bolero, se nos quedó en la memoria y en el corazón metronauta.

José de la Colina/mileniodiario

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