Aquella Guerra…

Aquella Guerra...

Mi abuelo materno combatió en la Guerra Civil al lado de los nacionales y de regreso en casa dijo que no estaba aseguro de que todo aquel espanto hubiese servido para otra cosa que no fuese para aprender geografía. Veinte años después del fin de aquel conflicto le pregunté muchas veces por las batallas y por los soldados, por el coraje y por el miedo. Jamás conseguí que me diese una respuesta concreta, ni siquiera una evasiva con algunos datos sucintos con los que pudiera reconstruir su estancia en la guerra. Era como si sus recuerdos de la lucha le hubiesen borrado la memoria. Supuse que había regresado reticente y cansado, seguramente convencido de que solo valía la pena tener fe en el escepticismo y en los dioses descreídos. Recordaba ríos y ciudades, cordilleras y sembrados, pero jamás se refirió al dolor o a la muerte. Sólo en una ocasión creo recordar que me dijo algo relativo a los soldados que luchaban en el otro bando. No podría citar al pie de la letra lo que él me contó aquel día, pero vino a decir que «incluso los muchachos que lucharon en el otro bando, en el momento de morir se convertían en parte de los nuestros». Hubo muchos como él en aquella guerra en la que con el pánico se quedaban ciegas las yeguas. Muchos se quedaron por el camino, otros regresaron al lugar del que habían salido y con el tiempo se enteraron de las razones por las que habían luchado. A mi abuelo lo desmovilizaron dos años después de terminada la guerra y al desandar el camino en aquella España en la que solo medraban los cementerios, se encontró con que su mujer le regañó por volver tan tarde a casa. En el 61, poco antes de morir, me dijo: «Éste es un país en el que si vas a la guerra, necesitas un buen motivo para volver con vida a casa».

José Luis Alvite/larazon.es

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