El becario del miedo (I)

alvite

Un tipo intenta meterse de madrugada en problemas para ser parte del submundo sórdido que le fascina, y fracasa porque su conciencia le devuelve al lugar del que venía, igual que al nadador que bracea mar adentro le fallan las fuerzas y el oleaje le devuelve sin remedio a la orilla. Como me dijo un tipo duro, «por extraño que parezca, amigo, en este ambiente, para ser uno de tantos no vale cualquiera, y no me pidas explicaciones, porque lo único que podría contestarte con seguridad es que en este mundo no se entra como consecuencia de un esfuerzo ni por una vocación, sino por una fatalidad, y eso significa, muchacho, que de repente te encuentras en medio de todo esto y sabes que has llegado hasta aquí huyendo de ti mismo, igual que el caballo que se presenta destacado en la meta porque quería huir del jinete que lo monta». Aquel tipo tenía razón y jamás dudé en seguir sus consejos. Meses después de aquello recordamos lo que me había dicho tanto tiempo atrás y se disculpó: «Hablé demasiado entonces. Una frase larga malogra cualquier idea y yo aquella noche respiré muy poco al hablar. Espero que hayas dominado tu conciencia. Es fundamental que lo hagas o estarás perdido. Haz las cosas según se te ocurra hacerlas, amigo, en la seguridad de que algún día encontrarás una buena razón para haberlas hecho. Y ahora me callo antes de caer en el mismo error de la otra vez. Solo una cosa: En este mundo sólo ganarás tu prestigio gracias a haber jodido tu reputación». Aquel tipo volvía a tener razón. Ciertamente, para ser uno de tantos en aquel ambiente no valía cualquiera. El caso es que yo me decidí a intentarlo porque quería saber qué siente un hombre cuando descubre que es por culpa de una de las chicas del garito por lo que a veces llega Dios tarde a la iglesia.

José Luis Alvite/larazon.es

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