Garrapiñada de niños

Garrapiñada de niños

Tremendo calor y mucha humedad en el ambiente. El agua aviva la sed y cuesta pensar. No es éste el clima que me gusta. Empeora mi carácter y reduce mi entusiasmo. En estas circunstancias no concibo que pueda escribir una sola línea que no mejore sensiblemente al borrarla. Dudo que lo que es bueno para los instintos, lo sea también para el Arte, aunque los pintores impresionistas hayan dado lo mejor de sí mismos pitando a la intemperie bajo un sol barnizado penitenciario que incendiaba los pájaros, cicatrizaba los ríos y pudría los trigales. El calor es bueno para la pereza y para la furia, que es un sentimiento que no requiere inteligencia, un estado de ánimo que justifica las decisiones más descabelladas. También es bueno el calor para la lujuria, hermosa actitud irresponsable que se justifica precisamente por el peso abrumador de la temperatura. El verano ardiente de estos días destapa el penetrante olor inguinal de los pajares y nos recuerda que hay una sexualidad furiosa y perentoria, glandular y voraz, que de donde surge no es del pensamiento, sino del sudor. Es el sexo ancestral de los jornaleros, la lascivia remota de las campesinas, el impulso de aquellas mujeres de mi adolescencia cambadesa, excitadas al presentir entre las piernas –como un esperma dorado– la masculinidad torda del bochorno, el bagazo ciego e invertebrado de la vendimia. Hay en el calor un cierne urinario del placer que lo justifica y lo bendice. Yo detesto el calor para escribir, es cierto, y reconozco que me desalienta y me aturde, pero me reconcilia con el recuerdo de los sentimientos más primitivos y me ayuda a reencontrarme con las pasiones más tórridas, mientras en las playas de Arousa flota una garrapiñada de niños lamidos de azul en la masturbada bajamar de urea.

José Luis Alvite/larazon.es

Pintura: Joaquín Sorolla (1863-1923)

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