Icono de qué

Icono de qué

En este siglo de las sombras, donde se transita por túneles sin apenas linternas, cuando la sociedad encuentra referentes solventes donde mirarse los jóvenes; las familias, las instituciones, los medios de comunicación tenemos la responsabilidad de mimar, de preservar como joyas a los iconos validados, porque suelen ser una de las más rotundas guías de comportamiento, para una generación condenada al fatalismo de no creer en casi nada y en casi nadie. Son cantantes, deportistas de élite y poco más, por eso suelen ser tan impactantes y tener tanto rédito las campañas publicitarias contra las drogas, el exceso de velocidad y el abuso del alcohol protagonizadas por sus ídolos.

Pero a la inversa también, por eso cuando un futbolista o un famoso conduce borracho, o acosa sexualmente y maltrata a una mujer por las razones que sea, asesta un golpe mortal a la sociedad, debilita sus cimientos, y agrieta los principios, porque los jóvenes reproducen, imitan , mimetizan a los suyos, sean del Barca, del Betis, del Sevilla o del Madrid, y si además el mensaje es que la violencia física o psíquica contra las mujeres sólo vale en principio un alejamiento de 300 metros, y además están garantizadas las muestras de adhesión, “el aquí no pasa nada, ¡está tranquilo! se trata de una acosadora…”

De un plumazo dilapidan la historia, los tiempos, los aprendizajes, el costo de tejer ciudadanía, educación en valores, ejemplos de vida, “si mi pedazo de crack, de goleador lo hace es que eso mola”, y si además tiene reconocimiento social e impunidad, acaban de poner una nueva bomba en el corazón y el pulmón de la vida misma, que somos las mujeres.

La línea roja de la igualdad se ha vuelto invisible, y sólo el certificado médico y el de defunción actúan como agravantes, la aparición de ese rol masculino pseudo matón pero menos, pseudo protector pero menos, pseudo romántico pero menos, posesivo pero sólo virtualmente ya que la red hace el trabajo sucio. Esa juventud, esos adultos, esos mayores que siguen pensando, y actuando bajo la mirada de que el hombre que disfruta es un don Juan, y la mujer que hace exactamente lo mismo es una puta. Esta manera de vivir, de pensar, de transmitir, de radiar, de juzgar es como una polilla capaz de devorar implacablemente todo lo que toca.

Kechu Aramburu.
Publicado en el Correo de Andalucia

http://elrincondekechu.blogspot.mx/

 

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