Infancia con sombrero

Infancia con sombrero

En mis días de escolar, la población del mundo era la mitad que ahora y había lugares remotos en los que ni siquiera había estado la guerra. La selva crecía hacia los poblados, al sol se le veía el mimbre y todavía el agua estaba de incógnito en muchos ríos. Una vez vi en Cambados a un señor alto y muy rubio, vestido de blanco, de barba comedida, la cabeza cubierta con un sombrero como de oblea, y lo seguí con otros chiquillos por la calle porque nos pareció alguien de una especie distinta, un ser de otro mundo, un hombre distraído y reservado, exótico y luminoso, que nos miraba con amable curiosidad, tal vez desconfiado de que pudiésemos lanzarle una piedra o tocarle con un palo para comprobar qué clase de bicho era. «Es francés», dijo un guardia. En mi infancia eran franceses todos los nacidos en Francia y lo eran también los alemanes, los ingleses y los noruegos. Jamás hasta entonces había visto yo a un extranjero. Por los libros y por el atlas sabía que existían otros sitios y gente distinta, pero aquel tipo estaba allí, lejos de su mundo, rodeado de chiquillos fascinados por la presencia de un hombre sin familia, sin equipaje, sin ataduras… ¿Un aventurero?, ¿un fugitivo?, ¿acaso un explorador? Un golpe de viento se llevó lejos su sombrero y los chiquillos corrimos hasta que uno de ellos le dio alcance y lo detuvo con un pisotón. Entonces yo me acerqué al señor de blanco y le devolví el sombrero con emoción y una pizca de miedo. «¿Te dijo algo?», preguntaron luego los chiquillos. Y yo les contesté lo que todos en realidad querríamos haber oído: «Me contó que es francés y que recorre el mundo detrás del viento que se lleva por delante su sombrero». Eran otros tiempos. A la mitad de los sitios no había llegado aún la geografía, ni en cualquier lugar había estado antes un sombrero

José Luis Alvite/larazon.es

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