La durísima existencia de los “narcos”

La durísima existencia de los "narcos"

Un hecho comprobable y palmario: la enorme mayoría de quienes se dedican al narcotráfico terminan muertos o en la cárcel. O sea, que las cuentas no salen. La carrera criminal no es nada promisoria ni otorga tampoco recompensas permanentes. Y si una de las aspiraciones universales de los humanos es encontrar resguardo y seguridad al final del camino, entonces te puedes hacer la pregunta de por qué esa gente se mete primeramente en ese mundo de angustiosa incertidumbre.

La respuesta, con todo, no es muy difícil de vislumbrar: está en la naturaleza de los hombres sentirse invencibles, creerse impunes e imaginarse victoriosos en todas las posibles adversidades, reales o imaginarias. Donde todos los demás se tropiezan yo no he de darme de narices, se dicen todos aquellos que acometen los enrevesados senderos de la desobediencia. Y ocurre también que para algunos de ellos, los más jóvenes y los más impulsivos, la transgresión es un riesgo calculado: se vive solamente una vez y aunque el sueño no dure mucho vale la pena afrontar los peligros a cambio de las excepcionales remuneraciones que te ofrece el mundo de las organizaciones criminales.

O sea que, ¿dinero fácil? Pues, no lo creo. Para nada. Hay mucha plata ahí, es cierto, pero el precio a pagar es altísimo. Esos despojos humanos que aparecen todos los días en los descampados, en los arcenes de las carreteras, en los maleteros de coches que no se sabe de dónde vinieron; esos cuerpos que penden de un puente donde alguien los ha colgado como un pavoroso aviso a sus adversarios; esas cabezas que te encuentras en una bolsa de plástico; y, esos cadáveres con huellas de espantosas torturas, han sido gente viva en algún momento. Personas con nombre, con apellido, con familiares, con costumbres tan comunes y corrientes que, a lo mejor, los has tenido al lado tuyo en el cine o sentados en la mesa de enfrente en el restaurante del barrio.

No, no es una buena elección. Si al menos se enteraran…

Román Revueltas Retes/http://www.milenio.com

 

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