Llamas de madera

Llamas de madera

La verdad es que siempre quise que mi vida fuese como esa canción de Rod McKuen en la que Sinatra se lamenta de haber llevado la desordenada existencia de un vagabundo pero se conforma con reconocer que, a pesar de todo, de vez en cuando el amor se portó bien con él. En mi caso me inquietaba mucho que mi conciencia me reprochase mi conducta, hasta que por conveniencia me convencí de que en el supuesto de que por la noche me hubiese olvidado de Dios, podría conformarme con la suerte inmerecida de recordar por la mañana dónde había aparcado de madrugada el coche. No me preocupaba en absoluto que al disiparse la niebla quedase al descubierto la bruma y que al levantarse ésta fuesen visibles las nubes bajas. Me tentaba la posibilidad de añadirle cada día a mi vida un error distinto, un remordimiento nuevo, igual que de niño me guarecía de la lluvia en cualquier portal y esperaba allí hasta que empeorase el tiempo. Pensaba yo que cuando un hombre no tiene algo de lo que presumir, no será nada malo que tenga al menos algo de lo que lamentarse. Como me dijo de madrugada un fulano en un garito, «si en un tiroteo memorable no puedes ser el pistolero o la bala, intenta ser al menos la herida». He vivido como consideré oportuno y he llegado hasta aquí a mi manera, sin muchas esperanzas, sin credos y sin banderas, expuesto a que de vez en cuando el amor se portase bien conmigo, como le ocurre a esas tierras yermas en las que con las cagadas de los estorninos prende inesperadamente la cosecha. A menudo tengo remordimientos y maldigo mi pasado. Pero, ¿sabes?, otras veces recuerdo la oscuridad de mi vida como una larga noche iluminada por un incendio voraz que si no se apagó nunca fue seguramente porque el fuego de la libertad tiene las llamas de madera.

José Luis Alvite/larazon.es

Foto de: ILIKO KANDAVELI

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