Lobos con piel de papas

Lobos con piel de papas

El 3 de octubre de 1992, en Saturday night live, el inmensamente popular programa gringo, Sinead O’Connor cantó a capela “War”, tema de Bob Marley que protestaba por el racismo, pero cambiando la letra para señalar los abusos que la Iglesia católica perpetraba entonces con total impunidad contra la niñez a su cuidado: mientras entonaba la palabra evil—mal o maldad—, la irlandesa mostró al público una fotografía de Juan Pablo II, procediendo a romperla en pedacitos. Luego miró directamente a la cámara y dijo: “Peleemos contra el verdadero enemigo”.

Esto, cuando el Papa polaco era visto urbi et orbi como un humilde viajero que besaba el piso apenas bajaba del avión; uno que repartía homilías y encíclicas llenas de amor y de misericordia; uno que tumbó él solito la cortina de hierro y, de pasada, un par de dictaduras; uno que hacía a un lado la pompa y la circunstancia vaticana acercándose gustosamente a los jóvenes, enfermos y niños; uno que fue baleado por los comunistas resentidos; uno que desde su cama de hospital tuvo la caridad de perdonar a su agresor, sin saber aún si sobreviviría al atentado.

Nadie parecía querer ver que la cálida sonrisa del hoy beato escondía la rigidez arrogante del mejor inquisidor: hablaba de caridad mientras condenaba a los homosexuales y a los divorciados vueltos a casar al infierno; sostenía sin rubor la supremacía de la doctrina católica por sobre todas las demás; enaltecía la dignidad de la mujer mientras la relegaba a la domesticidad, negando definitivamente la ordenación femenina; dinamitó gran parte de lo alcanzado por el Concilio Vaticano II y, sobre todo, cobijó el mayor florecimiento de la corrupción en la Iglesia quizá desde los Borgia, manifestándose la podredumbre en dudosos escándalos financieros donde no pocos banqueros aparecían muertos y, sobre todo, en la amplia y desbordada protección que su papado le brindó a los pederastas en su seno, a quienes siempre se rehusó a ver como los criminales que son, tratándolos cuando negarlos se hizo imposible apenas de pobres pecadores merecedores de una delicadeza que le negaba tajantemente a cualquier otro transgresor: ¿cómo olvidar que, a pesar de las repetidas y abundantes acusaciones de sus víctimas, a mediados de los 90 nombró insensiblemente a Marcial Maciel como “guía eficaz de la juventud”?

El tiempo le daría la razón a O’Connor. Aunque solo en parte: es cierto que, luego de años de abucheos, la irlandesa cantó el fin de semana pasado en Lincoln Center ante un público más que entusiasta. Pero el papa Francisco, ese que tanto celebramos por rechazar el lujo, ser fan del futbol, lanzarse contra la opacidad financiera de la curia, abarrotar Copacabana y llamar a no juzgar a los gays, acaba de decretar la canonización fast track de Juan Pablo II, cuya apoteósica ceremonia —adonde sin duda asistirán importantes figuras mexicanas, me imagino las mismas que defendieron con todo a él y a Maciel, cayera quien cayera— se espera para fines de este año o, más probablemente, la primavera del entrante.

De las víctimas destrozadas por el encubrimiento y de los mares de dolor causados por la falsa humanidad de las políticas del polaco nadie habla. Y es que entre tanta bienaventuranza es muy difícil, a veces, identificar al verdadero enemigo.

Roberta Garza/mileniodiario

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