Pupilas de cuarzo

alvite

Lo hacía cuando era niño y aun lo hago con frecuencia. Me sentaba frente a un paisaje irreprochable, y cerraba los ojos para que el panorama se volviese aún más deslumbrante al tratar de recordarlo. Reconstruido en mi memoria, el paisaje resultaba entonces un mar fosco y amarillo lamiendo la comisura de una campiña azul, uno de esos paisajes que me confirman que el privilegio de la realidad mejora si en su contemplación irrumpe esa ceguera transparente que nos permite el capricho de redondear el catastro de la realidad con la dimensión inefable del Arte, como cuando en los días cambadeses de la siembra cerraba los ojos para recordar aquel arado romano tirado frente a mi mirada por un par de toscos bueyes azuzados por el látigo rojo de un obispo sarraceno y calzados con sedales patas de caballo. Si el paisaje era la gramática de la realidad, aquella deliberada ceguera momentánea resultaba ser su literatura, la maleza incandescente que brotaba en la oscuridad hipermétrope de mis ojos, como una buganvilla que medrase encamarada en las llamas que cada verano calcinaban una parte del bosque. Después medraba como lana la penumbra, se cerraba a mi alrededor la noche y volvía a casa pisando por la retina de los ojos sobre la viñeta arrugada de aquel paisaje fértil y literario en el que a mí me parecía que las mujeres recién paridas amamantaban a los bebés y a los perros mientras las cuadras se iluminaban con aquellos cerdos biselados e incandescentes por cuyo interior volaba en llamas un aforismo de mariposas ciegas. No he cambiado mucho desde entonces. Todavía cierro los párpados para mejorar lo que veo. Y si no acierto, no será porque no lo intente, sino porque se me abren los ojos cada vez que ladran esos perros neófitos e invertebrados que buscan amamantarse arrimados como reptiles al cadáver de una mujer con las pupilas de cuarzo y la leche de leña.

José Luis Alvite/larazon.es

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