Un kilo de gambas

Un kilo de gambas

Ayer fui a la lonja del puerto para comprar un kilo de gambas. Mientras todo el mundo se fijaba en merluzas y centollos, yo no quitaba ojo a la madura pescadera que los vendía. Levantaba las cajas repletas de género con la soltura de un aizcolari y gritaba cada pedido con voz de camarero. Al verme, se colocó el flequillo detrás de la oreja con las manos enfundadas en guantes de goma azul. Era lo contrario a la sensualidad, allí apostada cortando cabezas y sacando vísceras sanguinolentas, pero no podía parar de mirarla; incluso perdí mi turno un par de veces por asomarme a su escote cuando se agachaba para esparcir más hielo.Al llegar a casa vi que, entre tanta gamba, había un langostino. No sé. Llevo todo el día pensando que es un mensaje cifrado, como si fuera su tarjeta de visita con su teléfono. En casa dicen que hoy quieren que compre carne, pero les estoy intentando convencer de las bondades del pescado. Ya veremos.

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