Una nuez con cerezas

alvite

Estuve dos veces a tratamiento psiquiátrico porque me sentía muy perdido y, sin embargo, en ambos casos hice lo posible para seguir como estaba. Ni entonces supe muy bien lo que me sucedía, ni estoy seguro de saberlo ahora. A veces pienso que me ocurre como al tipo que se aferra al vértigo sólo porque le gusta vomitar. En la etapa de mi vida en la que quise ser boxeador, me dijo el entrenador: «Tienes los brazos largos, muchacho, y una pegada discreta, pero te falta convicción para pelear. Es como si te diese miedo vencer. ¿Qué coño te ocurre? ¿Acaso quieres que toda tu carrera transcurra caído en la lona? Te noto ausente, pensativo… Esto es un gimnasio, muchacho, no una biblioteca. Mucho me temo que has hecho una mala elección. Creo que eres un jodido boxeador de letras». Aquel tipo tenía razón. Jamás he tenido lo que se necesita para ser un triunfador. Incluso con la suerte de cara, se me da mejor tomar las peores decisiones. Soy enemigo de entrometerme en la vida de la gente por la misma razón que soy reacio a saber cosas de mí. Prefiero sentirme culpable de un fracaso antes que verme en el apuro de dar explicaciones por un éxito. En mis días de tratamiento psiquiátrico, la mujer que me amaba cogió una madrugada mi cabeza con fuerza entre sus manos y me dijo: «Cada día sé menos cosas de ti. Eras un desconocido cuando te vi por primera vez y con el tiempo te has convertido en un extraño. ¿Quién hay dentro de ti? ¿Cuántos sois tu cabeza y tú, por el amor de Dios? Me desespera la idea de que cuando lo nuestro se haya acabado, ni podré saber a quién he amado, ni sabré siquiera a quién tendré que odiar». No recuerdo que le contestase nada convincente. Entonces, como ahora, mi cabeza era una nuez en cuyo interior tratasen de abrirse paso las cerezas…

José Luis Alvite /larazon.es

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